En una disertación ante estudiantes de una escuela secundaria judía privada en Argentina, difundida por el canal de noticias RT el 28 de agosto de 2026, el presidente Javier Milei intensificó su confrontación ideológica al trasladar el análisis político al terreno espiritual. El mandatario sostuvo que la doctrina socialista trasciende los errores técnicos de la ciencia económica, asegurando que el marxismo «se autodeclara como una teoría satánica» en su esencia más profunda. Esta declaración marca un distanciamiento explícito de los debates académicos convencionales para situar la disputa gubernamental en una dicotomía de tintes netamente religiosos.
Acusaciones de destrucción y falta de sustento empírico
Durante su intervención, Milei apeló a supuestos escritos de juventud del filósofo alemán para argumentar que el pensamiento socialista busca la confrontación directa con la divinidad. Según el presidente argentino, las obras tempranas del pensador no representan una propuesta de organización social, sino que constituyen «un himno a la destrucción y el odio contra el creador». Sin embargo, la cobertura periodística de RT destaca que el jefe de Estado emitió estas afirmaciones categóricas sin detallar las fuentes bibliográficas o históricas en las que fundamenta sus interpretaciones teológicas sobre los textos juveniles de Marx o sus acusaciones de exterminio.
«Marx era satanista»
Javier Milei advirtió que el sistema marxista «implica el exterminio físico de individuos» y sentenció: «El programa de Dios trae abundancia y armonía. La elección no es política, es moral». pic.twitter.com/fHvBYXlJci
— Corta (@somoscorta) August 27, 2026
El Estado como deidad sustituta
La retórica oficial describió la intervención estatal en la economía no como un fallo de política pública o un modelo de redistribución, sino como un intento de suplantar el orden metafísico tradicional. Milei aseveró ante el joven auditorio que «el marxismo instala el Estado total» como un mecanismo de control absoluto que anula las leyes trascendentales. Con este encuadre, la administración actual busca justificar su programa de desregulación extrema, presentando la reducción del aparato estatal como una batalla moral en defensa de un orden superior frente al «intento más ambicioso y más devastador de reemplazar el orden divino».
Consecuencias morales e implicancias políticas
El discurso presidencial concluyó con una polarización que reduce el disenso político a una confrontación absoluta entre el bien y el mal, descartando la legitimidad del debate democrático plurilateral. Al definir el escenario social como una división tajante entre el éxito espiritual y la catástrofe, el mandatario insistió en que «la elección no es política, la elección es moral». Esta estrategia discursiva, que asocia la oposición ideológica con el «exterminio físico de individuos», busca consolidar su base de apoyo mediante la deshumanización del adversario político, elevando los desacuerdos económicos a la categoría de guerra espiritual.

