El 17 de agosto de 1850, en una habitación del segundo piso de la Grand Rue en Boulogne-sur-Mer, moría un anciano de mirada penetrante y modales amables que ni la edad ni los dolores físicos habían podido doblegar. No era un simple residente; era el hombre que había diseñado uno de los planes militares más audaces de la historia americana: el cruce de los Andes para asegurar la independencia de Chile y Perú. Sin embargo, aquel «Gran Capitán» pasó sus últimos veinte años en un exilio que la historiografía debate si fue puramente voluntario o forzado por quienes le impidieron regresar a las tierras que había liberado.
El escenario de un exilio europeo
San Martín llegó a Boulogne-sur-Mer en junio de 1848, escapando de las turbulencias revolucionarias que sacudían París y que terminarían con la abdicación de Luis Felipe. En esa ciudad costera, el Libertador llevaba una vida austera pero intelectualmente activa. Según testimonios del Dr. Gérard, propietario de su última vivienda, San Martín hablaba corrientemente francés, inglés e italiano, y su conversación era descrita como una de las más atractivas por su vasta cultura.
Antes de establecerse en la costa normanda, San Martín habitó en Grand Bourg y París, donde mantuvo una estrecha amistad con el banquero Alejandro Aguado. En estas residencias, lejos de la imagen estática de los monumentos, el general se dedicaba a la floricultura y la horticultura, mientras frecuentaba círculos donde circulaban figuras como Víctor Hugo y Rossini. Según la investigación de Felipe Pigna, durante gran parte de este periodo San Martín atravesó apuros económicos, dependiendo en ocasiones de préstamos y gestiones de amigos para cobrar sus pensiones adeudadas.
El conflicto: principios frente a la guerra civil
La decisión de San Martín de permanecer en Europa no fue una simple jubilación. Estuvo marcada por su rechazo tajante a participar en las guerras civiles que desangraban a las Provincias Unidas. De acuerdo con el historiador Felipe Pigna, los sectores unitarios nunca le perdonaron haber defendido los intereses nacionales por sobre las banderías y, fundamentalmente, haber legado su sable a Juan Manuel de Rosas como reconocimiento a su defensa de la soberanía.
Este posicionamiento político lo convirtió en una figura incómoda para el poder de turno. Su lema de «no derramar sangre de hermanos» fue el eje que definió su trayectoria final, alejándolo del mando militar en el Plata para preservar su integridad ética.
El largo retorno y la construcción del mito
El legado de San Martín sufrió un proceso de «bronceado» historiográfico. Tras su muerte, sus restos permanecieron en Francia durante treinta años. Mientras la burocracia local y las tensiones políticas demoraban su regreso, autores como Bartolomé Mitre iniciaron la construcción de una figura mítica.
Esta corriente historiográfica, según señala Pigna, buscó despojar a San Martín de su dimensión política conflictiva para presentarlo únicamente como un estratega militar impecable. Se lo tituló «Padre de la Patria«, una expresión que irónicamente el propio general podría haber rechazado, dada su aversión a los títulos despóticos.
Finalmente, en 1880, sus restos llegaron a Buenos Aires a bordo del transporte Villarino, siendo depositados en un mausoleo en la Catedral Metropolitana, cuya construcción lateral y posición inclinada del féretro aún hoy alimentan debates sobre su condición de masón y su relación con la Iglesia.
¿Por qué su figura sigue siendo relevante hoy?
La relevancia de San Martín en el siglo XXI no reside solo en sus victorias militares de San Lorenzo, Chacabuco o Maipú. Su figura continúa siendo objeto de estudio porque permite comprender la tensión entre el poder militar y el servicio a una causa civilizatoria superior. Según la información difundida por el Ejército Argentino, su código de honor sigue rigiendo los valores morales de la fuerza, pero para la sociedad civil, su mayor legado es la visión de una América del Sur integrada y libre de tutelajes extranjeros.

