La Convención Nacional del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil formalizó este domingo en São Paulo la candidatura de Luiz Inácio Lula da Silva para las elecciones de octubre de 2026. En un evento que proyecta la continuidad de la fórmula con Geraldo Alckmin, el oficialismo busca consolidar un cuarto mandato presidencial en un entorno de alta volatilidad política. Según destacó Edinho Silva, presidente del PT, «este es un momento histórico para el PT y para Brasil», subrayando que la gestión actual ha logrado recuperar indicadores económicos y sociales clave.
El despliegue político del PT ha logrado una articulación inédita, sumando el apoyo de siete partidos del campo progresista (PT, PCdoB, PV, PSOL, Rede, PSB y PDT) desde la primera vuelta. Esta coalición, que no se veía con tal nivel de cohesión desde el retorno de las elecciones directas en 1989, pretende actuar como un muro de contención frente al avance de la ultraderecha regional. En este sentido, la dirigencia partidaria resaltó que “por primera vez desde 1989… los siete partidos del campo progresista se han unido en torno al mismo nombre” para enfrentar los desafíos de la soberanía nacional.
A pesar del optimismo oficialista, los datos de las encuestas reflejan una disputa cerrada. El último sondeo de AtlasIntel/Bloomberg sitúa a Lula con un 44,9% de intención de voto para la primera vuelta, seguido por el senador Flávio Bolsonaro con un 35,8%. La ventaja se amplía ligeramente en un eventual balotaje, donde “Lula obtendría un 49.2% de los votos en una segunda vuelta, mientras que el ultraderechista Flavio Bolsonaro tendría un 42.9%”. Estas cifras sugieren que, si bien el actual mandatario mantiene el liderazgo, el margen de maniobra es ajustado ante una oposición que se ha revitalizado bajo el ala de figuras internacionales.
El clima electoral está fuertemente condicionado por una creciente fricción con Estados Unidos y denuncias de injerencia externa. El gobierno brasileño recientemente negó visas a funcionarios estadounidenses tras detectar presuntas maniobras para sembrar dudas sobre el sistema electoral, sumado a la prórroga de una orden ejecutiva de Washington que califica a Brasil como una «amenaza». Ante este escenario, Lula fue tajante durante su discurso en Ceará al afirmar: «No quiero ayuda externa. La única ayuda que quiero es la ayuda del pueblo brasileño».
La estrategia de la oposición, liderada por Flávio Bolsonaro, cuenta con el respaldo explícito de figuras como Donald Trump y Javier Milei, quienes buscan integrar al candidato del Partido Liberal en un bloque global de extrema derecha. Esta articulación internacional es vista por el Palacio de Planalto como un intento de desestabilizar la soberanía brasileña y criminalizar al progresismo. En respuesta, Lula ha insistido en que su prioridad es la defensa de la democracia, asegurando que «mientras viva, la extrema derecha no volverá a gobernar este país».
El inicio formal de la movilización popular está previsto para el 16 de agosto en São Bernardo do Campo, lugar simbólico donde Lula inició su trayectoria sindical. El evento busca apelar a la identidad obrera del mandatario y a su historial de resiliencia frente al lawfare que lo mantuvo en prisión durante más de 500 días. Al recordar sus orígenes humildes, el presidente reforzó su vínculo con las clases populares declarando: «Yo sé de dónde vine», en referencia a su pasado como tornero mecánico y líder de las huelgas generales que desafiaron a la dictadura.

