Las recientes elecciones parlamentarias en Israel dejaron un panorama institucional convulsionado y una fractura inédita en la correlación de fuerzas dentro del parlamento. En diálogo con el programa Diálogo Internacional de AM 530, el sociólogo, doctor en Economía por la UBA y vicepresidente del Llamamiento Argentino Judío, Jorge Elbaum, precisó que resulta imposible analizar la dinámica electoral en abstracto sin considerar la política colonial y bélica del Estado israelí. Al respecto, el especialista enfatizó que “es un país que viene de generar un genocidio y continúa la masacre constantemente respecto a los palestinos en los territorios ocupados”, remarcando que la falta de derechos ciudadanos para seis millones de personas bajo ocupación relativiza el concepto tradicional de democracia parlamentaria.
En este contexto socio-territorial, la participación electoral sin precedentes del 78% general encontró su principal motor transformador en la minoría árabe-israelí de más de dos millones de personas. Históricamente apáticas frente a las urnas debido a la discriminación estructural, las comunidades islámicas registraron un salto cívico determinante que reconfiguró las bancadas legislativas. “Los musulmanes árabes israelíes superaron el 80% de la participación cuando era el 40%”, detalló Elbaum, lo que permitió que la lista islámica Ra’am obtuviera cuatro bancas y la Lista Conjunta —liderada por el Partido Comunista Israelí junto a organizaciones aliadas— ascendiera a 14 escaños, consolidando un bloque árabe antisionista de 18 a 19 parlamentarios.
La matemática parlamentaria y la figura de la «elección pasiva»
La arquitectura de la Knesset, compuesta por 120 bancas donde se requieren 61 votos para consagrar a un Primer Ministro, dejó al bloque oficialista de Benjamin Netanyahu en una posición de absoluta debilidad. Con apenas 53 escaños asegurados junto a sus aliados de la extrema derecha religiosa y los partidos ultraortodoxos, el actual mandatario carece de margen numérico para mantenerse en el poder. Ante esta coyuntura, Elbaum subrayó que “estos 19 son antisionistas, entonces ponen en un aprieto al Likud”, ya que la lista oficialista no tiene puentes de diálogo viables con los sectores representados en la Lista Conjunta.
Por su parte, la coalición opositora encabezada por el exjefe del Estado Mayor militar, Gadi Eisenkot, alcanzó 48 bancas y se posicionó como la principal alternativa de reemplazo, aunque depende indefectiblemente de la bancada árabe para alcanzar la mayoría requerida. Para resolver el estancamiento institucional, Elbaum explicó el mecanismo diplomático y parlamentario de respaldo externo conocido como gobernabilidad o «elección pasiva», recordando que “no sería la primera vez que un gobierno se junta con los árabes”. Mediante este esquema, las organizaciones antisionistas votarían la investidura de Eisenkot para desalojar a Netanyahu del Ejecutivo sin integrar formalmente el gabinete ministerial, reteniendo el poder veto necesario para derribar al Gobierno si las promesas pactadas no son ejecutadas.
La fractura interna: seguridad, corrupción y conscripción
El debate electoral estuvo atravesado de forma hegemónica por dos ejes centrales: la crisis de seguridad desatada tras las fallas del 7 de octubre de 2023 y el avance de las causas judiciales por corrupción que pesan sobre el Primer Ministro. Pese a que Netanyahu intentó posicionarse mediáticamente como la figura inflexible frente al conflicto bélico, las propias cúpulas militares y los organismos de inteligencia cuestionaron severamente su negligencia. En esa línea, Elbaum destacó que “el trauma sobre una sociedad israelí soberbia en términos de seguridad que ha sido desafiada por una milicia” pulverizó el mito de la invulnerabilidad militar, reavivando las denuncias sobre los pactos históricos donde el Likud permitió el financiamiento de Hamas con el objetivo deliberado de fragmentar la representación palestina.
Asimismo, la erosión de la coalición gobernante se profundizó debido a la firme negativa de Netanyahu a someterse al juzgamiento de la Corte Suprema por sobornos y fraude, sumado al conflicto interno generado por la exención militar de los sectores ultraortodoxos (Haredim). Mientras la sociedad secular y militarizada exige que la conscripción sea obligatoria para todos los ciudadanos sin excepción, el Likud mantiene blindados los privilegios de los grupos religiosos para preservar su alianza de gobierno. Analizando esta profunda grieta de clases y etnicidades, Elbaum señaló que “los militares y los servicios de inteligencia del Mossad dicen: ‘vos no sos el vengador, vos sos el que produjiste esta situación’”, visibilizando la rebelión de importantes sectores del establishment institucional contra la permanencia del actual Primer Ministro.
Las alternativas de salida frente al conflicto colonial
Frente al estancamiento de la ocupación y la violencia sistémica ejercida por los colonos en Cisjordania, el escenario legislativo plantea dos concepciones contrapuestas sobre el modelo de Estado a largo plazo. Por un lado, la socialdemocracia tradicional y la izquierda sionista impulsan el retorno a la histórica doctrina de los dos Estados; por otro lado, el bloque de la Lista Conjunta sostiene la necesidad de refundar las estructuras institucionales vigentes. Al sintetizar estos paradigmas de resolución política, Elbaum sostuvo que “hay dos grandes posiciones de cara al problema estructural de Israel que es el tema palestino: dos países para dos pueblos o un solo Estado laico con derechos individuales”, desestimando la viabilidad del proyecto anexionista de Netanyahu por carecer de sustentabilidad pacífica a futuro.
En última instancia, el compromiso asumido por la oposición de Eisenkot de frenar lo que denomina «el terror judío» en Cisjordania y crear una comisión investigadora independiente sobre el 7 de octubre marcará el pulso de las negociaciones parlamentarias durante los próximos días. El desenlace dependerá de la capacidad de la oposición de cumplir con las demandas mínimas de las organizaciones árabes e israelíes no sionistas. De lo contrario, la imposibilidad de estructurar una mayoría de 61 voluntades desembocará inevitablemente en la disolución de la Knesset y en la convocatoria a una nueva contienda electoral.

