La Quebrada de Humahuaca cuenta con las postales más conocidas de Jujuy, pero la provincia también guarda pueblos mucho más pequeños con tradiciones centenarias, ideales para conocer en una escapada. En algunos casos, la identidad del lugar puede reconocerse al caminar por sus calles y apreciar lo que sus habitantes producen con sus propias manos.
En plena Puna aparece una comunidad de tan solo 180 personas donde el barro y la arcilla forman parte de la vida desde la infancia. Con vasijas rojizas secándose al sol, viviendas de adobe y cerros áridos, se conforma un escenario que mantiene técnicas transmitidas durante generaciones.
Casira se encuentra en el departamento jujeño de Santa Catalina, a unos 45 kilómetros de La Quiaca y muy cerca de la frontera con Bolivia. El pueblo se encuentra a 3.600 metros sobre el nivel del mar, rodeado por el paisaje característico de la Puna. Los cerros rojizos, la escasa vegetación y una gran extensión de terreno árido acompañan a sus casas construidas con adobe y paja.
Su pequeño casco urbano cuenta con la Escuela N° 146, una iglesia, un centro de salud y una hostería. De todas formas, lo que más llama la atención al recorrerlo son las numerosas piezas de cerámica que aparecen en patios y frentes de viviendas. Casira fue reconocida como Capital Provincial de la Alfarería debido al oficio que practica buena parte de sus habitantes.
En este territorio, los habitantes empiezan a experimentar con el barro durante la infancia y, con el paso de los años, incorporan las técnicas necesarias para fabricar piezas cada vez más complejas. El proceso arranca con la selección de la materia prima directamente del suelo. Los artesanos utilizan distintos tipos de barro según el tamaño y las características del objeto que quieran fabricar.
Después, la mezcla debe permanecer en reposo durante al menos dos noches hasta alcanzar la consistencia adecuada. Recién entonces comienzan a darle forma con la ayuda de moldes, tornos tradicionales y el trabajo manual.
Las piezas se colocan en hornos de barro o directamente en hoyos en la tierra, donde se utiliza leña y guano como combustible. El fuego se mantiene durante unas cuatro o cinco horas y luego la cerámica necesita un día completo para enfriarse. El resultado son piezas de arcilla rojiza con manchas oscuras generadas durante la cocción.
Las piezas de Casira no funcionan únicamente como objetos decorativos. Muchas de las ollas se usan para cocinar y los habitantes aseguran que el barro aporta características particulares a los sabores de las comidas. La actividad artesanal también se convirtió en uno de los motivos para visitar el pueblo, quienes llegan pueden conocer de cerca los métodos tradicionales, observar las piezas expuestas al sol y comprar productos directamente a sus creadores.
Fuente: Ámbito

