Historia

La historia de la casa uruguaya en la que las mujeres votaron por primera vez en Sudamérica

Los vecinos recuperaron la memoria y un museo relata hechos y curiosidades del plebiscito en el que la primera en anotarse para votar fue una mujer, afrodescendiente y de 90 años.


Hace 92 años en un pueblo de Uruguay de menos de mil habitantes se hizo un plebiscito en el que todo el pueblo podía participar: fue la primera vez en Sudamérica que las mujeres votaron. Aquel sufragio femenino pionero quedó invisibilizado en los relatos durante años pero los vecinos de Cerro Chato indagaron en sus recuerdos, documentaron testimonios, investigaron archivos, atesoraron fotografías y lograron hacerle un lugar en la historia. Ahora, la casona en la que ellas sufragaron se convirtió en un museo interactivo.

Fue en 1927 cuando en esa pequeña localidad del interior planearon un plebiscito consultivo. Si bien en Uruguay regía la Constitución de 1919 que establecía el sufragio universal, el derecho a voto de la mujer no había sido reglamentado y entonces ellas no tenían ni siquiera credencial con la que ejercerlo.

«Lo peculiar fue que cuando la Corte Electoral dictó el decreto para hacer la consulta estableció que sería ‘sin distinción de sexo ni nacionalidad'», contó a RT Emilio Martínez, periodista local de Radio Uruguay y La Diaria. El primer paso para votar era registrarse. La primera en hacerlo fue Rita Ribera: mujer, afrodescendiente, de 90 años y extranjera.

El hecho fue políticamente trascendente: tanto, que Paulina Luisi (primera mujer en recibirse de médica en 1908 y activista internacional) y sus compañeras –todas militantes por el derecho al sufragio de las mujeres– enviaron un mensaje a las cerrochateñas:

«Es la primera vez que se requiere la cooperación femenina en un pronunciamiento de esa naturaleza y que sustenta en sus principios el enaltecimiento de la mujer (…) Sea cual fuere el resultado, vuestra intervención pondrá en evidencia una vez más las garantías que para el bien social ofrece la cooperación femenina en los actos de la vida orgánica de los pueblos»

Texto recuperado por el Centro de Estudios Históricos de Cerro Chato del archivo del Consejo Nacional de Mujeres.

¿Qué votaban?

Cerro Chato nació como un lugar de paso ligado a la ganadería. Fue con la llegada del ferrocarril a principios de 1900 que se empezó a formar el primer caserío. Creció tan desordenado que su territorio quedó mezclado en medio de tres jurisdicciones distintas. Es decir, que si uno mira un mapa, su geografía está sobre los departamentos de Florida, de Durazno y de Treinta y Tres. A la vez. En la intersección de las tres localidades hay una plaza.

Los cerrochateños suelen decir, como una curiosidad, que ahí se puede nacer, crecer y morir en tres departamentos distintos sin haber salido nunca del pueblo. O también hay quienes bromean con que si en un billar tirás una carambola, la lanzás en un distrito y entra en otro.

A medida que Cerro Chato crecía, los y las ciudadanas quisieron formalizar su estatus. «Cuando a principio de siglo la gente de la zona se presentó para pedir que se le asignara la categoría de pueblo, se evaluó que por eficiencia administrativa sería mejor que quedara en una sola localidad y que la decisión sobre cuál debía quedar en manos de los habitantes», contó a este medio Julio Gómez García, del Centro de Estudios Históricos de Cerro Chato.

Ahí empezó el camino al plebiscito y también las campañas fervorosas, los mítines políticos, las manifestaciones, las pancartas, e incluso los bailes populares temáticos.

Memoria colectiva

El primer censo de la zona indica que en Cerro Chato había 925 personas en 1963. Así que 36 años antes, al momento del plebiscito, fueron todavía menos los testigos de esta historia. Había que recuperar esos datos y fueron dos productores rurales oriundos de la zona, Dwight Lago y Julio Gómez García, los que se pusieron esa tarea al hombro y empezaron un trabajo de investigación artesanal que lleva décadas.

«El disparador para ponernos a trabajar fue que un amigo me mostró una proclama de la época convocando a las mujeres a votar y me llamó la atención», contó Gómez García. Así armaron el Centro de Estudios Históricos de Cerro Chato. «Este es un pequeño país signado por el centralismo: la historia se ha escrito mirando desde el puerto y las cosas del interior se conocen muy poco», agregó.

A medida que los vecinos se fueron enterando de que estos dos lugareños buscaban información de la época, se acercaron para llevarles una foto, un documento, o compartir algún relato guardado en la memoria.

Fueron las hijas y los hijos, las nietas y los nietos, las bisnietas y bisnietos, los que rearmaron el rompecabezas de aquel día.

Evarista Palacios fue una de ellas: con casi 100 años todavía recordaba que en 1927 acompañó a su mamá a votar. A partir de ese testimonio identificaron cuál era la casona en la que se había hecho el plebiscito, una construcción que los vecinos llamaban ‘el viejo banco’.

El lugar fue inaugurado a fines de marzo de este año como un museo interactivo por el Ministerio de Turismo de Uruguay. Originalmente había sido construido por un comerciante para que se instalara –además de su local– el Banco República. El hombre (Luis Soubirón) fue uno de los impulsores del plebiscito y su esposa, parte de la Comisión de Mujeres de Durazno.

quel día de votación hubo dos mesas y por eso el podio de la primera votante lo comparten dos mujeres: Martina Froz y Justa Jacinta Sánchez. La participación fue alta, asistió el 94 por ciento de los y las que se habían anotado. Los partidarios de sumarse al departamento de Treinta y Tres se abstuvieron y ganó la opción de anexarse a Durazno. Pero nunca se concretó: Cerro Chato sigue siendo pluridepartamental, la carambola del billar todavía desafía los límites de las divisiones políticas.

Gracias a la memoria colectiva se escribió un capítulo en la historia de la lucha por los derechos de las mujeres que no hubiera sido posible de haber quedado exclusivamente en manos de la prensa. El diario El País (uno de los más antiguos e importantes de Uruguay) cubrió el hecho de forma burlesca, señalando que si la mujer se dedicaba a la vida pública, descuidaría las tareas del hogar.

«No puede negarse el azoramiento que en casi todos los casos se pudo comprobar en las sufragantes, al extremo que una de ellas se retiró del cuarto secreto por otra puerta, pretendiendo salir campo afuera», escribieron el 15 de julio de 1927, básicamente queriendo decir que no entendían nada. El tono despectivo del relato no es muy diferente al que soportaba en la misma época, en el resto del mundo, el movimiento sufragista.

Hacia el voto universal

El origen de la militancia de las mujeres por el derecho al sufragio se suele establecer en la primera convención sobre los derechos de la mujer en Estados Unidos en 1848 y su ‘Declaración de sentimientos’. La lucha duró cien años y consiguió su objetivo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) en la que se reconoce el sufragio universal.

A lo largo de ese siglo, entre un hecho y el otro, el mundo avanzó al ritmo de historias singulares: en Nueva Zelanda el primer sufragio femenino sin restricciones fue en 1893, en la Unión Soviética las mujeres votaron desde su origen, en España el derecho fue reconocido en el ’31, en Ecuador la lucha llevó el nombre de Matilde Hidalgo de Procel que en 1924 logró votar individual y excepcionalmente, en Argentina fue Julieta Lanteri la primera en conseguirlo y ya en 1947 se aprobó la ley propuesta por Eva Perón que reconocía la igualdad política entre hombres y mujeres.

En Uruguay, finalmente, en 1932 se sancionó la ley 8927 que reconoció –literalmente– «el derecho al voto activo y pasivo de la mujer, en materia nacional y municipal». En las elecciones nacionales de 1938 (once años después del plebiscito de Cerro Chato), pudieron votar las mujeres de todo el país.

Julia Muriel Dominzain

Fuente: RT Actualidad (Foto: Casona en donde las mujeres votaron en el plebiscito de 1927 en Cerro Chato)

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