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Maradona, el hombre inabarcable que ofrendó jirones de su vida

Un halo de desolación recorre a la Argentina.


Es el duelo colectivo, intempestivo, que provocó la muerte de Diego Armando Maradona, un hombre de una profunda complejidad, que a sus 60 años vivió muchas vidas y que hace mucho ya era una leyenda y, por lo tanto, inmortal. Tantas veces lo dieron por muerto, y tantas veces resucitó, que la tarde del miércoles 25 de noviembre de 2020 quedará marcada en la memoria social por la incredulidad que cubrió a la noticia menos esperada. Y deseada.

Cecilia González, escritora y periodista
Tantas veces lo dieron por muerto, y tantas veces resucitó, que la tarde del miércoles 25 de noviembre de 2020 quedará marcada en la memoria social por la incredulidad que cubrió a la noticia menos esperada. Y deseada.

Imposible no contagiarse de esta tristeza coral al recordar una existencia que, a fuerza de jugadas, goles, provocaciones y controversias, fue apropiada por millones de personas a las que «el Diego» les ofrendó jirones de su vida hasta el último momento. Así se lo exigían. Había que tener un pedacito, una camiseta, una foto, un saludo, un cabello, una entrevista, algo, lo que fuera, del último gran ídolo popular de este país, el que más trascendió al mundo. El mismo cuya sola mención bastaba para abrir puertas, corazones y fronteras porque, con él, Argentina se convirtió en sinónimo de Maradona.

Era un mito andante cargado de épica, y como toda épica, de tragedia: con sus adicciones, sus recuperaciones y recaídas, su lágrima viva, sus hijos no reconocidos y sus pleitos familiares.

Su inigualable e indiscutible talento futbolístico lo combinó con la incorrección que ejercía para dejar bien claras sus preferencias políticas. No le importaban las críticas. Más bien, como buen provocador, las disfrutaba. De ahí los dolientes mensajes de Alberto Fernández, Evo Morales, Cristina Fernández de Kirchner, Luiz Inacio Lula da Silva, Nicolás Maduro, José Mujica. Se consideraba su amigo y, a contracorriente de la decorosa (y muchas veces cómoda) prudencia, apoyaba a sus gobiernos de la misma forma que lo hizo siempre con Fidel Castro y con Hugo Chávez.

«El Pelusa» decía lo que sentía y hacía lo que quería. Era «pueblo». Lo consideraban deidad de la Iglesia Maradoniana. La mezcla de la magia de su juego y de su carisma puro era imbatible. La seducción adentro y fuera de la cancha estaba garantizada, pero la muerte no lo embellece, no obnubila sus contradicciones, apenas si resalta su dualidad. Porque Maradona era dios y era humano.

Cecilia González, escritora y periodista
La seducción adentro y fuera de la cancha estaba garantizada, pero la muerte no lo embellece, no obnubila sus contradicciones, apenas si resalta su dualidad. Porque Maradona era dios y era humano.

Paradojas

Era, también, ese niño de cabello largo y enrulado de 10 años que, en imágenes en blanco y negro, decía tímido frente a una cámara que soñaba con ganar un Mundial. Era 1970. Dieciséis años más tarde, seguía con el cabello largo y enrulado, pero ya era el capitán de la Selección que levantaba la Copa del Mundial México 86.

Era el mismo que podía convertir un partido en una lucha por la dignidad patriótica para meterles a los ingleses, recién ganadores de la Guerra de Malvinas, un gol tramposo, con la mano y, sólo cuatro minutos después, el mejor gol de la historia del futbol. La grabación eriza la piel sin importar nacionalidades.

O el que se desvivía por «la Dalma» y «la Gianina», sus dos hijas mayores, cuyos nombres se tatuó en los brazos y a las que adoraba mientras se resistía a reconocer a Diego Junior y a Jana, sus hijos extramatrimoniales. El que, ya fuera como futbolista o técnico, concitaba la misma atención de la prensa deportiva que la de espectáculos, porque sus relaciones con Claudia Villafañe, su única esposa, y sus últimas parejas, Verónica Ojeda y Rocío Oliva, eran garantía de escándalo.

Sus relaciones personales interpelaron al poderoso movimiento feminista de Argentina. Y cómo no. Cada vez se complicaba más justificar sus actitudes machistas. La división entonces fue entre quienes aceptaron sus propias contradicciones para amar a Maradona, a pesar de todo, y quienes decidieron dejarlo a un lado. Su muerte reavivó la confrontación. Hubo reclamos por la supuesta incoherencia, por la sororidad selectiva.

Sus relaciones personales interpelaron al poderoso movimiento feminista de Argentina. Y cómo no. Cada vez se complicaba más justificar sus actitudes machistas. La división entonces fue entre quienes aceptaron sus propias contradicciones para amar a Maradona, a pesar de todo, y quienes decidieron dejarlo a un lado. Su muerte reavivó la confrontación.

Pero no era el momento.

Desde el mediodía, lo más, lo único importante era la tristeza colectiva que deambulaba en el país. Los duelos no se juzgan. Se respetan. Y la figura de Maradona es tan extensa, tan inabarcable, que cualquier encapsulamiento en uno solo de sus aspectos siempre será incompleto y, sobre todo, injusto.

Hace años, el escritor Roberto Fontanarrosa lo explicó mejor que nadie: «No me importa lo que hizo Diego con su vida, me importa lo que hizo con la mía». Y lo que hizo Maradona con la vida de millones de personas fue dejarles recuerdos de momentos plagados de alegría, orgullo, felicidad y amor. Les permitió verse en un espejo colmado de imperfecciones. Les enseñó que, a pesar de todo, la pelota no se mancha. Les marcó su vida, para bien. Lo único que queda hoy es acompañarlas en el llanto.

Por Cecilia González, escritora y periodista

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