La inestabilidad ocupacional, la desprotección de los puestos disponibles y la persistente erosión del poder de compra configuran un escenario complejo en el conurbano bonaerense. Un reciente estudio del Centro de Innovación de las y los Trabajadores (CITRA) advierte sobre una alarmante reversión en las condiciones de inserción de los trabajadores de la región durante los primeros meses del año.
El Índice de Fragilidad Laboral (IFL) en el Gran Buenos Aires alcanzó el 38,2% en el primer trimestre de 2026. Este registro marca un aumento de 2,3 puntos porcentuales respecto al 35,9% medido en el mismo período de 2025. De esta forma, el indicador se posiciona incluso por encima del nivel registrado al inicio de la serie comparativa en 2023, cuando se ubicaba en un 37,4%. Traducido a términos demográficos, la medición implica que prácticamente cuatro de cada diez personas de la región metropolitana se encuentran afectadas por alguna de las dimensiones de la fragilidad laboral.
A nivel metodológico, este indicador —desarrollado originalmente por las investigadoras Marta Novick, Ana Paula di Giovambattista y Ana Garriz— sintetiza de forma periódica tres grandes dimensiones del mercado de trabajo: el déficit de empleo, la precariedad laboral y la distribución de los ingresos familiares. La última actualización del índice, publicada en el sitio oficial del CITRA (citra.org.ar), estuvo a cargo de la especialista Sonia Balza bajo la supervisión directa de María Inés Fernández Álvarez, empleando como base los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC y las canastas básicas de la región.
La paradoja ocupacional: menos desempleo con mayor precariedad
El comportamiento de las variables en este inicio de 2026 revela una profunda contradicción en el mercado de trabajo del Gran Buenos Aires. Por un lado, el Índice de Déficit de Empleo (IDE) —vinculado a la inestabilidad de las ocupaciones y la desocupación— mostró una mejoría al descender del 18,3% al 15,9% entre los primeros trimestres de 2025 y 2026. Sin embargo, esta aparente recomposición de los puestos de trabajo coexistió con una degradación severa de las condiciones de contratación.
El Índice de Precariedad Laboral (IP), que evalúa la calidad de la inserción ocupacional —falta de registro, subocupación e informalidad—, trepó 4,5 puntos porcentuales en el último año, afectando al 50,4% de la población económicamente activa. Este valor representa el pico más alto de precariedad de la serie de cuatro años bajo análisis.
De acuerdo con el informe de CITRA, la suba de la precariedad se concentró con especial fuerza entre los varones adultos, alcanzando un alarmante 56,9% de afectación dentro de este grupo. El fenómeno también avanzó considerablemente sobre los varones jóvenes, donde se incrementó del 39,1% al 45,7% interanual. De este modo, los datos demuestran que el nudo del problema actual no radica exclusivamente en el acceso a un empleo, sino en las condiciones sumamente precarias bajo las cuales las personas logran insertarse en el mercado laboral.
Erosión salarial: la canasta básica ahoga a los estratos bajos y medios
La dimensión vinculada directamente con el bienestar material también registró un sensible retroceso. El Indicador de Pobreza e Ingresos (IPEI) aumentó del 43,6% en el primer trimestre de 2025 al 48,3% en idéntico período de 2026, confirmando una mayor insuficiencia de recursos en los hogares bonaerenses.
El impacto de la inflación y el encarecimiento de la vida se expresa con total crudeza al evaluar la presión que ejerce la Canasta Básica Total (CBT) sobre los ingresos de cada estrato. En los sectores de menores recursos no pobres (estrato bajo), la cobertura de la CBT absorbió en el primer trimestre de 2026 el 70,2% de los ingresos familiares. Por su parte, en el estrato medio la canasta básica requirió comprometer el 60,4% de los ingresos. En contraste, los hogares del estrato alto precisaron apenas destinar el 31,0% de sus recursos para satisfacer las necesidades básicas.
Esta asimetría en la distribución de la carga se vio agravada en el último año. Mientras que en los estratos bajo y medio la presión de la canasta básica aumentó respecto de 2025 —cuando representaba el 67,0% y el 57,4% de sus ingresos, respectivamente—, el sector alto experimentó un leve descenso del 31,9% al 31,0%.
Acompañando esta dinámica regresiva, la desigualdad distributiva de la población ocupada volvió a profundizarse. El coeficiente de Gini de los ingresos laborales subió de 0,422 en 2025 a 0,439 en 2026. Si bien este nivel se mantiene alejado del pico histórico registrado en 2024 (0,498), la cifra actual evidencia una preocupante intensificación de las brechas salariales y la persistencia de fuertes tensiones distributivas en la región metropolitana.
Una mirada estructural: brechas de género y de edad
Al realizar una lectura de largo plazo, el documento advierte sobre el carácter estructural de la fragilidad laboral en el Gran Buenos Aires. Exceptuando las fuertes fluctuaciones estacionales y coyunturales, el indicador general ha permanecido de manera recurrente por encima del 40% a lo largo de casi una década, atravesando distintas administraciones gubernamentales y contextos macroeconómicos.
Los momentos más críticos de la serie se ubican en el cuarto trimestre de 2020, cuando la fragilidad laboral trepó al 46,6% en plena pandemia de COVID-19. El segundo valor más elevado se registró al inicio de la gestión de Javier Milei en el primer trimestre de 2024, con un 46,3%. Lo singular de este último pico es que se produjo sin mediar una crisis sanitaria global o una parálisis forzada del mercado laboral.
Por último, en términos de subpoblaciones, se destaca una inversión de patrones de género. Históricamente, las mujeres registraban niveles superiores de fragilidad en el conurbano. Sin embargo, en el primer trimestre de 2026, los varones registraron una fragilidad laboral promedio mayor que las mujeres (38,8% frente a 37,6%), invirtiendo el patrón observado en los años previos.
Por el contrario, la brecha generacional mantiene su tendencia histórica: el déficit de empleo (IDE) continúa golpeando con asimetría a la juventud (16 a 29 años), alcanzando al 39,6% de este grupo, frente a un escaso 8,3% en la población adulta. En especial, la situación de las mujeres jóvenes exige atención prioritaria, ya que casi cuatro de cada diez (39,9%) permanecen afectadas por la falta o inestabilidad del empleo en el Gran Buenos Aires.

