En un nuevo paso hacia la reconfiguración militar de la región, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, instruyó formalmente la expansión de la ocupación en el sur del Líbano. Según reportó la agencia teleSUR, el líder israelí dio la orden desde el Comando Norte para que las tropas logren «extender el control más profundamente» en suelo soberano libanés. Esta medida no solo profundiza el conflicto armado, sino que cristaliza una estrategia de control territorial que el propio gobierno israelí denomina «cinturones de seguridad».
La administración de Netanyahu no oculta la naturaleza de sus objetivos políticos y territoriales en la zona. Al justificar el avance de las tropas, el mandatario admitió que su intención es replicar el esquema aplicado en la Franja de Gaza, jactándose de haber cumplido su promesa de que «cambiaríamos la faz de Oriente Medio, y lo hicimos». Esta declaración expone una doctrina de seguridad basada en la ocupación permanente y la alteración de las fronteras de facto en los países vecinos.
El avance hacia el río Litani y la demolición sistemática
El objetivo inmediato del despliegue es alcanzar el río Litani, un punto estratégico que históricamente ha sido eje de las tensiones fronterizas. Informes locales indican que las fuerzas de ocupación ya alcanzaron afluentes al sur de Qantara, un movimiento que analistas internacionales califican como un «gran cambio estratégico» destinado a desplazar definitivamente a las defensas de Hizbulá. Sin embargo, la táctica empleada incluye la destrucción de infraestructura civil, siguiendo la directiva del Ministerio de Defensa de acelerar demoliciones que evocan la devastación total vista en territorio palestino.
Esta política de «tierra arrasada» tiene implicancias sociales catastróficas. De acuerdo con datos del Ministerio de Sanidad libanés y Naciones Unidas, la agresión ya ha segado la vida de «1.238 personas», incluyendo a más de un centenar de niños, mientras que la cifra de desplazados forzados supera los 1,2 millones de ciudadanos. La crisis humanitaria se agrava por el bloqueo y la intensidad de los bombardeos, que han tornado inhabitable gran parte del sur del país.
El ataque a la prensa como estrategia de opacidad
La ofensiva también se ha dirigido contra quienes documentan el conflicto en el terreno. Recientemente, un bombardeo israelí en la ciudad de Jezzine terminó con la vida de tres trabajadores de prensa, entre ellos Ali Shoeib y Fatima Ftouni, a quienes sus familiares y colegas describieron como «héroes» que no se dejaron intimidar por la bota militar. El asesinato de estos comunicadores se suma a una lista creciente de periodistas atacados sistemáticamente por las fuerzas israelíes tanto en Líbano como en Gaza.
Pese a los intentos del Ejército israelí por criminalizar a los reporteros fallecidos, organizaciones como el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) han advertido que los trabajadores de prensa «nunca deben ser blanco de ataques». El silenciamiento de las fuentes de información locales parece ser una pieza clave en la ejecución del «modelo Gaza», donde el control del territorio se complementa con la opacidad informativa sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la ocupación.

