Ciencia y Tecnología

Huellas del pasado: a partir de pisadas prehistóricas, revelan la fauna de hace 15 millones de años

El hallazgo paleontológico en la provincia de La Rioja incluye más de 70 huellas, correspondientes a pequeños animales de un período conocido como Mioceno. El detrás de escena de las investigaciones y por qué, para los científicos, el descubrimiento es clave para conocer la fauna de aquella época.

Nicolás Camargo Lescano (Agencia CTyS-UNLaM)– Hablamos de ciencia, sí, pero hay una cuestión si se quiere “mágica” –muy entre comillas- o azarosa para que un grupo de animales de gran y pequeño porte dejen sus huellas en una superficie como barro y arena y, millones de años después, equipos especializados en paleontología puedan encontrarlas, estudiarlas y sacar muchas conclusiones sobre el ecosistema de la época.

Es el escenario que se dio en La Rioja donde, a partir del análisis de una serie de huellas fósiles, se pudieron identificar una nueva fauna de pequeños y diversos animales hace unos quince millones de años atrás. “Para ese momento, en un periodo geológico conocido como Mioceno, la fauna era muy variada y única, ya que Sudamérica estaba aislada de otros continentes, como lo está en la actualidad Australia”, explica, en diálogo con la Agencia CTyS-UNLaM, Verónica Krapovickas, líder del trabajo e investigadora del CONICET en el Instituto de Estudios Andinos “Don Pablo Groeber” (IDEAN, UBA-CONICET).

Cuentan, desde el equipo, que, entre otras cuestiones, el hallazgo permitió identificar a variadas especies de aquella época. “Encontramos huellas de un roedor dinómido que podía llegar a medir un metro de largo. Había de macrauquénidos, que son mamíferos extintos que no tienen parientes actuales, pero, por cuyo tamaño y forma, serian comparables a los guanacos. También había de perezosos gigantes que medían hasta 6 metros, y de mamíferos saltadores, muy parecidos a los roedores actuales”, aporta Martín Ezequiel Farina, integrante del equipo cuyo trabajo se detalla en la revista Journal of South American Sciences.

Los investigadores también encontraron, a partir del estudio de las huellas, registro de pequeñas tortugas de agua dulce y aves corredoras de gran tamaño y porte, similares a los ñandúes.

Fuente imagen: CONICET.

Al encontrar todas las huellas en una única superficie, los científicos pueden inferir que todos estos animales convivieron, ya que el tiempo involucrado en la formación de esta superficie es muy poco, semanas posiblemente. “Por ello, estamos seguros de que estos animales formaron parte de la misma comunidad y del mismo ecosistema. En el caso de las huellas, es bastante más directo o más fácil saber que los animales coexistieron”, remarca Krapovickas, integrante de la Asociación Paleontológica Argentina (APA).

Para la directora del proyecto, además, el hallazgo se destaca en relación al tiempo de los registros. “Las huellas tienen una antigüedad de entre 15 y 12 millones de años, la cual sabemos mediante dataciones radiométricas absolutas U-PB. Este es un método científico que se utiliza para determinar la edad exacta de rocas y minerales, aprovechando la descomposición radioactiva del uranio en plomo y calculando el tiempo transcurrido desde que se formaron los materiales”, precisa la investigadora del CONICET.

Así, estas huellas, aseguran los investigadores, hablan de una fauna de una edad sobre la que se sabe mucho menos que sobre las edades anterior y la posterior, como el Mioceno Temprano y el Mioceno Tardío.

Intercambios, diálogos y consensos a la luz del sol, del pico y la pala

Son tantas las variables que intervienen en la paleontología que se vuelven esenciales las miradas interdisciplinarias. “Tanto en el estudio de campo como en lo que es el posterior análisis de datos, ese aspecto es vital. El nuevo hallazgo, por ejemplo, se dio gracias al trabajo de un grupo de geólogos y geólogas que trabajan en la zona estudiando cómo eran los ambientes de ese momento, ellos nos pasaron el dato y en base a sus trabajos planificamos nuestro viaje”, menciona, a modo de ejemplo, Farina.

Además, fue tal el volumen de datos y la amplitud de herramientas informáticas que existen que los investigadores decidieron incluir en el equipo de trabajo a un matemático de la Universidad de San Andrés y a una ingeniera de la Universidad de Erlangen, Alemania.

“Junto a ellos, estamos estableciendo áreas de trabajo novedosas, hasta ahora poco exploradas, para investigar cómo se movían los animales en el pasado. Un trabajo interdisciplinario no solo es más rico, sino que también te permite explorar otros aspectos de tu campo y hacerte preguntas que nunca se te hubieran ocurrido”, aporta Krapovickas.

En este sentido, cuentan los investigadores que el trabajo paleontológico comienza, lógicamente, con la búsqueda de los sitios portadores de fósiles. “En una primera instancia, la inspección de mapas geológicos es el disparador para ubicar los estratos de la edad de interés, como así también la consulta de bibliografía histórica. Muchas veces, el intercambio con colegas es clave para visitar sitios nuevos y prospectar”, resume Rocío Vera, integrante del equipo.

Una vez que el destino es elegido, comienza la organización del trabajo de campo. “Las experiencias son tan variables como lo son los sitios donde se trabaja. El viaje, el transporte, la estadía, la accesibilidad al sitio, la forma de trabajar en el campo con los fósiles y hasta los estilos de alimentación dependen del lugar donde se trabaje- comparte Vera-. En el caso de las huellas fósiles, el trabajo de campo es un tanto más simple que la extracción de los fósiles corpóreos; sin embargo, el mayor trabajo se da en el sitio con el análisis de las superficies portadoras de huellas”.

Con las huellas, se analizan no sólo la forma que presentan, sino, también, su calidad de preservación, el sedimento donde se mantienen y las estructuras sedimentarias que puedan estar presentes, entre otros criterios. También se toman medidas tanto de las huellas como de las rastrilladas, lo que pueden ser índices de las características corporales de los animales, como, por ejemplo, el largo y ancho del cuerpo.

Ya que la extracción de huellas fósiles es muchas veces es dificultosa, la toma de fotografías y la confección de moldes, con yeso o silicona, son clave para el estudio posterior de laboratorio. “Y, en el mismo laboratorio, se pueden confeccionar modelos tridimensionales a partir de las fotografías tomadas en el campo, y estos modelos son de mucha ayuda al momento de analizar las características de las huellas que escapan de la observación en el campo. De los moldes pueden realizarse escaneos tridimensionales para obtener dichos modelos”, concluye Vera. El azar, así, deja lugar al trabajo científico.

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