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Argentina. Una despedida a puro pueblo

Allí estaban ellos, los de abajo, los nadies, los que generalmente no entran en las listas de los premios, los cabecitas negras y los descamisados a los que Evita consagró su vida, los que casi siempre son bautizados despectivamente (por los de arriba) como “la negrada”. Alegres y con rabia, aunque parezca contradictorio.


Lo primero porque recordaban a cada paso las “locuras” que el Diego supo hacer con la de cuero, lo segundo, porque “cómo se fue sin avisarnos”. Ellos, los que sienten que Diego nunca les falló, apiñados, cuerpo con cuerpo, olvidados de plandemias, barbijos y “distancias sociales”, como ocurriera estos largos meses en los barrios más humildes, donde el peor virus fue y sigue siendo el hambre. Ellos y también algunas «ellas», con sus camisetas mezcladas, predominando las de “Boquita” y la de los “bichitos” de La Paternal, pero por obra y gracia de este dolor que hoy los une, mezclados, quizás por única vez, con otras de River, Racing o Independiente.

Parecían un río a punto de desbordar, pero contenido por ese dique que es la fantástica unidad de clase con que el pobrerío suele sorprender a propios y extraños. Mayoritariamente peronistas, no dudaban en comunicarle a este cronista que “Diego es lo más grande del universo” o “qué te voy a decir que ya no sepas: yo vine cuando se murió Néstor y ahora porque el Diego nos convocó a todos nuevamente”. Agitado, ese flaco que llegó desde el Tigre exageraba que para él, “Diego es como Belgrano, San Martín y el Che Guevara” y no hay quien lo convenza que es muy probable que no llegue a despedirlo porque hay una multitud delante suyo y ya es casi la hora. “No se van a animar, somos el pueblo y el pueblo manda, qué carajo se creen, ¿qué Diego es solo de los de la Rosada?”.

Indiscutiblemente, Maradona es toda esa muchedumbre y más aún. Con sus luces y sombras, con sus malas amistades pegados a sus bolsillos como lapa ponzoñosa, con sus maravillosos partidos jugados, disfrutando y haciendo disfrutar con sus propias genialidades. O humillando a los piratas británicos con ese golazo que hasta el propio Dios certificó como válido y festejó con millones de argentinos y argentinas. Cuando la multitud entona ese pegadizo “Y dale y dale Maradó…”, toda Plaza de Mayo tiembla, como en aquellos días felices de la década del 50 o cuando el Tío Cámpora se abrazó allí mismo con Dorticós y Salvador Allende. Maradona se está yendo de a poquito, escuchando el rugido de sus seguidores a quienes les enseñó a ser optimistas ante las adversidades más tremendas. Pero también les mostró el camino de transgredir los dictados del sistema. Tuvo alguna que otra confusión en su complicada existencia en que la fama supo hacerle alguna zancadilla, pero a la hora de pararse en la realidad de los pueblos, eligió abrazarse con Fidel y con Chávez, maldecir al ALCA esa jornada maravillosa de Mar del Plata, a los yanquis cada vez que tuvo que defender a Cuba y Venezuela, y en su osadía sin límites no dudó de reivindicar a Irán y a la Palestina ocupada. ¿Les queda claro?

Un detalle especial: en esta tarde soleada de noviembre, entre tanta marea bullanguera que pugnaba entrar a la Rosada, se vio poca clase media y casi ningún “hijo de Etchebehere”. Todo era puro pueblo, llegado desde distantes confines del Gran Buenos Aires. Gente que viajó a dedo, que durmió en esa Plaza de tantos festejos, velando al ídolo y tratando de alargar la despedida.

Como no podía ser de otra manera, la pésima idea de convocar a tanta gente para que se despida de Diego en la propia Casa de Gobierno, y ponerle a la vez un tope de horario caprichosamente corto, provocó que muchos se quedaron sin verlo, y además fueron atacados a mansalva por la maldita policía. Sin ninguna necesidad, temerosos de esos pibes y pibas que como en otras ocasiones no arrugaron ante una prepotencia que bien conocen en sus barrios. Mientras esto sucedía en la Plaza, el ataúd con el cuerpo de Diego era subido a un vehículo funerario y trasladado al cementerio de Bellavista. Este sí, no el de todo el resto de la jornada, fue un triste final para quien hubiera querido que nadie le impida juntarse por última vez con todes sus iguales.

Por Carlos Aznarez: Periodista argentino en medios de prensa escrita y digital, radio y TV. Escritor de varios libros de temas de política internacional. Director del periódico Resumen Latinoamericano. Coordinador de Cátedras Bolivarianas, ámbito de reflexión y debate sobre América Latina y el Tercer Mundo.

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