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María Elena Walsh: La poeta sensible que refundó la infancia y el imaginario

Fue poeta, escritora, compositora, autora, cantora, maestra, feminista y ciudadana. Como trovadora de lo palpable y lo anhelado, encarnó y encarna la conciencia poética de generaciones de argentinos. Su cancionero popular transformó la canción infantil, su dupla con Leda Valladares aportó mucho a la puesta en valor del folclore, y su poesía fundó un lenguaje audaz y sensible.

María Elena Walsh nació el 1º de febrero de 1930 en Ramos Mejía. Ascendencia irlandesa por parte del padre, y herencia criolla y andaluza por parte de su madre, fueron la base de una identidad amplia y generosa, que le permitió atravesar la vida cultural argentina con el desparpajo de quien sabe que su voz viene de otras voces y la modernidad es un amasijo de tiempos en vaivén. A lo largo de una vida dedicada a descalzar sentidos de las palabras, pasó de sonrojarse como juvenil promesa de la poesía a hurgar con desenfadado entre los pliegues de la palabra cantada. Desempolvó el folklore como idea y en la conmoción de lo urbano fue parte de aquel movimiento de la Nueva Canción Argentina que en la segunda mitad de la década de 1960 afinó las mezclas de géneros y estilos en nombre de lo distinto. Con esa argamasa forjó su idioma para grandes y chicos.

Foto: María Elena Walsh fotografiada por Grete Stern, en 1952. Fuente: Museo Nacional de Bellas Artes. Colección donada por Sara Facio.

A los 17 años, su primer libro de poesía, Otoño imperdonable, obtuvo el segundo premio municipal de poesía y fue celebrado por figuras como Pablo Neruda y Juan Ramón Jiménez. Por entonces ya publicaba en el diario La Nación, como luego hizo en la revista Sur. Allí polemizó con los intelectuales que lisonjeaban una Argentina “más cerca de París que de Catamarca” y entre otras cosas renegó de la descontada idea de José Hernández como el poeta máximo de ese conjunto de esencias y circunstancias que debían trazar la identidad de un país. “Máximo poeta es el pueblo, a pesar de ser excluido de las antologías y de los textos escolares”, supo decir y enseguida lo demostró con una copla anónima: “A la orilla de un hombre/ estaba sentado un río/ afilando su caballo/ y dando agua a su cuchillo”.

En 1960 apareció Tutú Marambá, su primer libro de poesía dedicado a los niños, al que siguieron Zoo Loco (1964), El Reino del Revés (1965) y Dailan Kifki (1966), por nombrar algunas de las muestras de un lenguaje y una actitud absolutamente novedosas para la literatura infantil. Esa manera distinta y elevada de considerar a la infancia como espacio y a las niñas y los niños como público, se complementó enseguida con varios discos de canciones y cuentos. Fue una especie de renacimiento de la canción como herramienta poética, portadora de memorias y asombros, que se consolidó en trabajos como Canciones para mirar (1963), El país de nomeacuerdo (1967) y Cuentopos (1968).

Más allá de sus maravillosas canciones infantiles, María Elena Walsh fue una cantautora todo terreno y en canciones abiertas a un público más amplio –como en definitiva lo eran las infantiles- supo trazar con garbo e insolencia un retrato mordaz, sentimental e impiadoso de lo cotidiano: “¿Diablo estás?”, “Los ejecutivos”, “El 45”, “Sábana y mantel”, “Orquesta de señoritas”, por nombrar algunas, que son parte de discos como los dos Juguemos en el mundo, el primero de 1968 y el segundo de 1969, El sol no tiene bolsillos (1971), Como la cigarra (1972), El buen modo (1975), son representativas de una inteligencia superior y una sensibilidad abrazadora.

En febrero 1982, Mercedes Sosa abría sus shows de reencuentro con su público, después de la ignominia del exilio, cantando “Como la cigarra”: “Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal porque me mató tan mal y seguí cantando”, dice la canción. Poco después, el mismo tema, junto a otros como “Oración a la Justicia”, “Dame la mano y vamos ya” y su traducción de “Venceremos”, un himno de los derechos civiles en Estados Unidos recopilado por Pete Seeger y popularizado por Joan Báez, acompañaron el retorno de la democracia como cánticos de esperanza.

Innumerables son las versiones de sus canciones: MIA, Cuarteto Zupay, Aymama, Sandro, Tita Merello, entre muchos, muchos otros. Pero cuando las cantaba ella misma, con su voz, tensa y dulce de madre buena y severa, su mundo se completaba. Murió el 10 de enero de 2011. Pero ese es otro apunte del almanaque. Para personalidades como María Elena Walsh, morir es imposible. Entre otras cosas porque a su obra, perdurable por fuerza propia, el tiempo no le concederá la infernal ciudadanía “en el país de nomeacuerdo”.

  • LA VOZ FEMINISTA

En su juventud, Walsh leía textos de Virginia Woolf, Doris Lessing y Victoria Ocampo, que posteriormente darían lugar a una multiplicidad de artículos periodísticos, entrevistas y reflexiones en sus diferentes facetas artísticas que, si bien en ese momento no se catalogaron así, eran de corte feminista.

Admiraba apasionadamente a Victoria Ocampo, quien años más tarde se convirtió en una gran amiga. Su intercambio epistolar entre 1960 y 1980 fue editado recientemente por Sara Facio.

En la Revista Humor, en 1980, María Elena escribe un artículo titulado «Sepa usted por qué es machista», donde enumeró con elocuencia los motivos.

“Ocampo aprende muy temprano que la verdadera revolución cultural es la emprendida por las mujeres. Es testigo de las batallas libradas en las primeras décadas del siglo por las sufragistas, a quienes tiene la osadía de elogiar y agradecer».

En la Argentina en 1970, nacen la Unión Feminista Argentina (UFA) y el Movimiento de Liberación Feminista (MLF), agrupaciones con activistas de clase media alta e intelectuales que trajeron libros de Estados Unidos sobre feminismo radical y los tradujeron. También hubo representación del Partido Socialista y del Partido Obrero, que crearon nuevos espacios de reflexión para las mujeres.

Había dos vertientes: feminismo puro y feminismo y política. Walsh formaba parte de este segundo grupo. Junto a la escritora Angélica Gorodischer y la cineasta María Luisa Bemberg fueron las artistas representantes del movimiento más relevantes de la época.

En el artículo «Virginia Woolf y los secretos de la tribu femenina», Walsh escribió sobre el ensayo que la obsesionaba en su juventud, al igual que a Ocampo: «El cuarto propio es una metáfora de un ámbito mental, una manera de ordenarnos interiormente y escapar a la locura impuesta a las mujeres (y los pobres) por el discurso autoritario y represivo».

En «Bolivia cherchez la femme», destacó la figura de Lidia Gueiler, presidenta interina de ese país de 1979 a 1980, la segunda mujer de Latinoamérica en ocupar ese cargo después de Isabel Martínez de Perón. Fue en su época de crónicas periodísticas donde más se manifestó su opinión respecto de temas de actualidad como música, literatura, pero también política y feminismo. Walsh colaboró en la Revista El Hogar, Revista Realidad, Revista La mujer y el cine, en Revista Sur, en La Nación, Clarín y en Humor, entre muchas otras publicaciones.

«Desventuras en el País-Jardín de-Infantes» (1979) se publicó en Clarín sorteando la censura militar. Walsh utilizó metáforas sobre la situación del país y sus autoridades que trataban a la sociedad como si se tratara de niños que no podían distinguir el bien del mal. Ese mismo año, en el mismo diario, publicó su despedida a Victoria Ocampo en el artículo “Feminismo y no-violencia”. Ocampo fundó la Unión Argentina de Mujeres para luchar contra la desigualdad de género, desmontando el estereotipo que encasillaba a las feministas en las clases trabajadoras:

“¿Quién dijo que el feminismo no es integración humana? ¿Y quién dijo que Victoria no era feminista? Es que una dama, tan culta, tan bella, académica, para colmo, no puede, mejor dicho no debe ser feminista. (…) La palabra feminista asusta a muchas personas. Sobre todo a las que temen al ridículo. En un libro se dice que se conserva de ella la caricatura y se ve a la feminista como a una vieja agresiva, agriada por su falta de pretendientes en la juventud, mal vestida, sin encantos femeninos”.

  • EVA DUARTE POR MARÍA ELENA WALSH

En el año 1976, la escritora María Elena Walsh publicó “Cancionero contra el mal de ojo”. Entre sus poemas se destaca “Eva” dedicado a Eva Perón, como una invitación a viajar a 1952 para redescubrir a la mujer cuya lucha abrió el camino a millones de mujeres en la historia y destacar la influencia de Evita luego de su fallecimiento.


Calle Florida, túnel de flores podridas.

Y el pobrerío se quedó sin madre llorando entre faroles sin crespones.

Llorando en cueros, para siempre, solos.

Sombríos machos de corbata negra sufrían rencorosos por decreto y el órgano por Radio del Estado hizo durar a Dios un mes o dos.

Buenos Aires de niebla y de silencio.

El Barrio Norte tras las celosías encargaba a París rayos de sol.

La cola interminable para verla y los que maldecían por si acaso no vayan esos cabecitas negras a bienaventurar a una cualquiera.

Flores podridas para Cleopatra.

Y los grasitas con el corazón rajado, rajado en serio. Huérfanos. Silencio.

Calles de invierno donde nadie pregona El Líder, Democracia, La Razón.

Y Antonio Tormo calla «amémonos».

Un vendaval de luto obligatorio.

Escarapelas con coágulos negros.

El siglo nunca vio muerte más muerte.

Pobrecitos rubíes, esmeraldas, visones ofrendados por el pueblo, sandalias de oro, sedas virreinales, vacías, arrumbadas en la noche.

Y el odio entre paréntesis, rumiando venganza en sótanos y con picana.

Y el amor y el dolor que eran de veras gimiendo en el cordón de la vereda.

Lágrimas enjuagadas con harapos, Madrecita de los Desamparados.

Silencio, que hasta el tango se murió.

Orden de arriba y lágrimas de abajo.

En plena juventud. No somos nada.

No somos nada más que un gran castigo.

Se pintó la República de negro mientras te maquillaban y enlodaban.

En los altares populares, santa.

Hiena de hielo para los gorilas pero eso sí, solísima en la muerte.

Y el pueblo que lloraba para siempre sin prever tu atroz peregrinaje.

Con mis ojos la vi, no me vendieron esta leyenda, ni me la robaron.

Días de julio del 52 ¿Qué importa donde estaba yo? No descanses en paz, alza los brazos no para el día del renunciamiento sino para juntarte a las mujeres con tu bandera redentora lavada en pólvora, resucitando.

No sé quién fuiste, pero te jugaste.

Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo, metiste a las mujeres en la historia de prepo, arrebatando los micrófonos, repartiendo venganzas y limosnas.

Bruta como un diamante en un chiquero ¿Quién va a tirarte la última piedra? Quizás un día nos juntemos para invocar tu insólito coraje.

Todas, las contreras, las idólatras, las madres incesantes, las rameras, las que te amaron, las que te maldijeron, las que obedientes tiran hijos a la basura de la guerra, todas las que ahora en el mundo fraternizan sublevándose contra la aniquilación.

Cuando los buitres te dejen tranquila y huyas de las estampas y el ultraje empezaremos a saber quién fuiste.

Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva, única reina que tuvimos, loca que arrebató el poder a los soldados.

Cuando juntas las reas y las monjas y las violadas en los teleteatros y las que callan pero no consienten arrebatemos la liberación para no naufragar en espejitos ni bañarnos para los ejecutivos.

Cuando hagamos escándalo y justicia el tiempo habrá pasado en limpio tu prepotencia y tu martirio, hermana.

Tener agallas, como vos tuviste, fanática, leal, desenfrenada en el candor de la beneficencia pero la única que se dio el lujo de coronarse por los sumergidos.

Agallas para hacer de nuevo el mundo.

Tener agallas para gritar basta aunque nos amordacen con cañones.


Fuente: Santiago Giordano (Página 12) | Ministerio de Cultura de la Nación | Telam

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