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Enrique Arancibia Clavel, el represor-espía pinochetista que mató y murió en Buenos Aires

Cuando todavía no había cumplido los 30 años, Arancibia Clavel fue uno de los que asesinó con una bomba en el barrio de Palermo a Sofía Curthbert y Carlos Prats, el exministro del Interior de Salvador Allende. En 1996 fue condenado a prisión perpetua pero beneficiado por el «2×1», en el 2007 salió en libertad. Cuatro años después murió apuñalado por un «taxi boy».


POR RICARDO RAGENDORFER

La izquierda regresa al poder en Chile. Todo indica que la victoria electoral de Gabriel Boric exorcizará definitivamente la influencia de Augusto Pinochet en la política de aquel país. Porque desde el final de su sangriento ciclo, en marzo de 1990, la sombra tutelar del viejo genocida sobrevoló la Casa de la Moneda como un fantasma apenas disimulado, incluso luego de morir.

Así condicionó a seis presidentes democráticos que hubo desde entonces. Una buena ocasión, además, para evocar la gran incidencia del pinochetismo en la última dictadura argentina. Es precisamente en esta trama donde cobra relevancia un personaje que no merece ser olvidado: el represor trasandino Enrique Arancibia Clavel.

La rapsodia del terror

En la ya lejana noche del domingo 29 de septiembre de 1974, sobre el barrio de Palermo Chico flotaba un aire enrarecido. De hecho, en el tramo de la calle Malabia (ahora llamada República Árabe Siria) que va desde Las Heras hasta Libertador, el alumbrado público estaba completamente apagado. Y a metros de la calle Juan F. Seguí había un Torino gris. Sus ocupantes merodeaban en los alrededores. Luego, a escasos minutos de la medianoche, todo se sacudió al compás de una explosión. La onda expansiva hizo trizas los vidrios de la cuadra. Y la lluvia de cristales produjo un sombrío tintineo. El Torino partió entonces a todo trapo.

La foto del prontuario de Arancibia Clavel. Había nacido en Punta Arenas, curiosamente, la misma ciudad que el recientemente electo presidente Gabriel Boric.

La policía tardó en llegar. Los vecinos, lentamente, se fueron juntando en las esquinas. Cruzado sobre la vereda, a la altura de la cochera del edificio situado a mitad de cuadra, estaban los restos de un Fiat 125. Del motor aún salía una lengua de fuego que iluminaba un cuerpo desmembrado que había caído a casi tres metros; otro ardía en la cabina.

En esa madrugada circularon entre los vecinos versiones contrapuestas sobre la identidad de las víctimas. Recién a la mañana siguiente trascendió que se trataba del matrimonio formado por Sofía Curthbert y Carlos Prats. Éste había sido comandante del Ejército chileno y ministro del Interior durante el gobierno socialista de Salvador Allende.

A 33 años de aquello, compartí un café con uno de sus asesinos.

Durante el atardecer del 21 de agosto de 2007, el tipo se encontraba en el barcito de una galería sobre la avenida Corrientes, ocupando una mesa al costado del hall. El único registro gráfico de su figura era una vieja fotografía periodística. En esa imagen –que lo muestra con expresión abatida en algún tribunal, durante uno de sus tantos contratiempos judiciales– resalta su rostro de nutria y su vestimenta: un chaleco repleto de bolsillos como los que suelen usar los pescadores.

Desde entonces había pasado más de una década. Aún así, el atuendo que lucía ahora era el mismo. Y sus ojillos negros como carbones diminutos estaban como al acecho. Pero cuando lo abordé, enarcó las cejas, mostrándose gratamente sorprendido al escuchar salir su nombre de mi boca. A continuación, con suma cortesía, me invitó a tomar asiento. Era nada menos que Arancibia Clavel.

A fines de 1996, fue arrestado por su participación en el doble crimen de la calle Malabia. Cuatro años después, un tribunal oral lo condenó por ello a prisión perpetua. En 2003, otro tribunal le agregaría unos 12 años de cárcel por el secuestro en Buenos Aires de las asiladas chilenas Sonia Díaz y Laura Elgueta. Participó en aquellos hechos por ser jefe de la estación local de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional), la peligrosa policía secreta de Pinochet.

La recompensa que se ofrecía por el coronel José Osvaldo Riveiro, militar del Batallón 601 y contacto de Arancibia Clavel en Buenos Aires.

El 13 de agosto de 2007 –debido a una antojadiza aplicación del dos por uno– fue beneficiado con la libertad condicional. Desde ese día se paseaba por las calles del centro con el fervor de un turista.

La canción del verdugo

Enrique –así me pidió que lo llamara– persistía en hablar de trivialidades. Era su modo de esquivar el pasado.

–Estoy cumpliendo la última etapa de mi condena. Y me encuentro en una situación muy débil –dijo, a modo de disculpa.

Entonces, agitó un brazo. Y agregó:

–Menem fue el artífice de mi desgracia. ¿Sabe por qué? Solamente para anunciar en la prensa el arresto de un peligroso terrorista internacional.

Pronunció esas tres últimas palabras con una exagerada teatralidad.

El ex presidente –según Arancibia– había montado semejante ardid con el único propósito de aliviar la presión por el atentado a la AMIA.

En ese punto, le pregunté qué hacía él en Buenos Aires a partir de 1974:

–Pues trabajaba en la sucursal porteña del Banco del Estado de Chile

–¿Cuál era su vínculo con la DINA?

–Yo nunca fui agente de la DINA. A mí se me relaciona con la DINA por los informes que yo enviaba desde Buenos Aires.

–Si no pertenecía a la DINA, ¿en calidad de qué los enviaba?

–De informante. Sólo eso. En ese tiempo, todo chileno que trabajara en el exterior yo tenía la obligación de informar todo tipo de cosas al gobierno. Y como funcionario del banco, yo tenía ese deber.

Arancibia Clavel, esperando el fallo por las muertes de Carlos Prats y su mujer. (Foto: AFP)

Lo cierto es que, tal como se estableció en el juicio al que fue sometido en 2000, el trabajo bancario fue su cobertura como agente de la DINA. Y se hacía llamar “Luis Felipe Alamparte”. Con dicho nombre no sólo figuraba en la nómina de la sucursal, sino que así lo conocían los militares argentinos con quienes había anudado estrechos lazos de amistad y colaboración.

En su papel de enlace con el Batallón 601, tenía por contacto al subjefe de aquel organismo, coronel José Osvaldo Riveiro, un icono del terrorismo de Estado. Ambos tuvieron un importante rol en la puesta en marcha del Plan Cóndor, tal como se llamó a la coordinación represiva entre las dictaduras del Cono Sur. Prueba de ello es un viaje que los dos realizaron en agosto de 1975 a la capital chilena para asistir a una reunión preliminar de tal cofradía.

En el marco de tan provechosa relación, el 2 de noviembre de ese año ellos encabezaron el secuestro del chileno Jean Claudet Fernández, un cuadro del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Fue el bautismo de fuego del Plan Cóndor en Argentina. Arancibia no tardó en enviar un telex al jefe del Servicio Exterior de la DINA para informar el éxito de la acción. Ese mensaje concluía con las siguientes palabras: “Claudet ahora ya no existe”.

Al mencionarle el caso, simplemente, dijo:

–Le juro que no me acuerdo.

Y sobre Riveiro, señaló:

–A ese señor lo vi una sola vez en una recepción en la Embajada.

Tampoco recordaba otro grave hecho que se le atribuía: la Operación Colombo, en la que los militares trasandinos hicieron “aparecer” en territorio argentino cuerpos de 119 desaparecidos chilenos. En realidad, eran cadáveres de desaparecidos locales. Y les plantaron los documentos de víctimas del país vecino. Ese montaje se efectuó para instalar la versión de que no habían sido secuestradas, sino que cruzaron la frontera para luego matarse entre sí, en el marco de un enfrentamiento interno.

En el documento que Arancibia firmó con su alias (Luis Alamparte), donde admite que ya en 1975 los desaparaceidos en Argentina rondaban los 22 mil.

En cambio, reconoció haber conseguido algunas veces pasaportes falsos para otros agentes chilenos en comisión. Dicho esto, puso un cigarrillo entre los labios. Y al encenderlo, noté en sus manos un persistente temblor. Luego, sabría que el origen de ese mal fue otro gaje de su oficio.

La balada del condenado

Arancibia siguió oficiando como enlace entre la DINA y el Batallón 601. Eso cimentó su protagonismo en la operatoria del Plan Cóndor. Sus propios jefes lo consideraban una suerte de embajador en la sombra. Y para los militares vernáculos ese joven de 28 años era nada menos que el espía oficial de Chile en Buenos Aires. Tanto es así que él se creía todopoderoso en tal papel, sin imaginar que eso –por una azarosa encrucijada geopolítica– sería su pasaporte hacia la desgracia.

El 24 de noviembre de 1978, cuando Chile y Argentina estaban a punto de entrar en guerra por un litigio sobre el control de tres islotes ubicados en el canal de Beagle, él fue arrestado por una obviedad: ser un espía chileno.

Arancibia fue literalmente secuestrado en su domicilio, donde convivía con un bailarín que trabajaba con Susana Giménez. Sus captores eran agentes de la SIDE. Y encontraron un valioso archivo escondido en el doble fondo de un placard. Se trataba de carpetas agrupadas en forma correlativa, con detalles muy precisos de tareas realizadas por la inteligencia pinochetista en territorio argentino.

También se halló una copia completa de sus informes enviados a Santiago. Y cada una de las respuestas e instrucciones suscriptas por su jefe. Uno de esos papers hizo que una patota de la Armada tomara intervención en el asunto. Era un informe que revelaba un amorío entre el almirante Emilio Massera y la vedette Graciela Alfano. Allí hasta describía con minuciosidad los obsequios que el jefe naval le dispensaba: pieles, joyas y un departamento.

Aquella infidencia provocó que los marinos se ensañaran con él al punto de fracturarle todos los dedos a martillazos. A raíz de tamaña vicisitud, sus manos conservaban ese irremediable temblor.

Tal archivo, que contiene 400 informes repartidos en 1.500 páginas, es una verdadera bitácora del Plan Cóndor. Y entre sus alhajas informativas se destaca una hoja fechada el 4 de julio de 1978 que, décadas después, echaría por tierra las falacias negacionistas sobre el número de víctimas del terrorismo de Estado en Argentina. Porque, consigna que “se tienen computados 22.000, entre muertos y desaparecidos, desde 1975 a la fecha”.

Era el saldo represivo calculado por los militares vernáculos cuando todavía faltaban cinco años y medio para el fin del ciclo dictatorial. Y en otro párrafo quedó asentado que ese dato “se logró conseguir en el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército”.

En agosto 1981, gracias a un pedido del Vaticano, Arancibia recobró la libertad. Pero no sus papeles. Éstos serían hallados cinco años después por la periodista chilena Mónica González en un oscuro depósito de Tribunales. Tal soporte probatorio fue decisivo en el juicio oral por el caso Prats, celebrado 19 años después.

Al concluir nuestro encuentro, Arancibia exigió pagar la cuenta del bar.

Entonces, le pregunté si temía que alguien apelara su libertad condicional. Por toda respuesta, alzó los hombros. Su cara irradiaba cierta pesadumbre.

Luego, la silueta retacona de aquel hombre se perdió entre la gente. Nunca más lo vi.

Desde entonces habían transcurrido 44 meses cuando fue encontrado sin vida por un joven de 21 años que mantenía una relación sentimental con él. Al antiguo represor le habían prodigado unas 20 puñaladas entre la mandíbula, el cuello, el tórax y la espalda. Aquella escena transcurrió durante la noche del 21 de abril de abril de 2011 en un departamento de Lavalle 1418, a metros del Palacio de Tribunales.

Al rato acudió allí personal de la comisaría 3ª y de Homicidios. En el living, con excepción de aquel cuerpo desplomado en posición de cúbito dorsal, todo parecía estar en orden. Sin embargo, faltaban cierto objetos de valor.

“Esto tiene olor a taxi boy”, deslizó un policía en voz muy baja, como para no alborotar al difunto.

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