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Argentina: La fuerza de la militancia

En el caso argentino, demasiado lejos quedaron las promesas indeclinables de liberación de presos políticos, de investigación de la deuda ilegítima con la consiguiente acción de juicio y castigo a los responsables, así como también la postergada ley de medios, y los trabajos y salarios dignos para las grandes mayorías.

«Cuándo teníamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas».

Mario Benedetti.

Por: Carlos Prigollini

Da la sensación que en esta coyuntura política ya no bastan las numerosas denuncias, o la retórica constante de una clase política que no sólo no puede disimular sus privilegios, sino que tampoco cumplen con sus promesas electorales. A partir de una pandemia que para muchos es plandemia, quedó instalado el marco del posibilismo, el reiterado «no se puede» o «no están dadas las condiciones porque no hay relaciones de fuerzas favorables». Sin negar la existencia del Covid-19 y los estragos causados, debemos reconocer que la reciente pandemia fue la excusa de muchos gobiernos políticamente correctos para instalarse en su propia zona de confort. Las respuestas fueron extremas como también la falta de certeza de los tiempos y manejos dados por una coyuntura que estuvo marcada por el miedo causado por medios hegemónicos y una comunidad científica que jamás se prestó a un debate serio e impostergable, que los ciudadanos exigían a gritos.

Así las cosas, las asignaturas pendientes de los gobiernos elegidos por el pueblo rebasan ampliamente a los logros obtenidos.

En el caso argentino, demasiado lejos quedaron las promesas indeclinables de liberación de presos políticos, de investigación de la deuda ilegítima con la consiguiente acción de juicio y castigo a los responsables, así como también la postergada ley de medios, y los trabajos y salarios dignos para las grandes mayorías. Creyendo erróneamente en la «unidad nacional», el gobierno del presidente Alberto Fernández inicia el diálogo con los medios hegemónicos, con los grandes empresarios y con una derecha reaccionaria, cuyo discurso apocalíptico solo intenta establecer el miedo como medio de paralización de los pueblos. Un presidente timorato y genuflexo que en su oficialismo bobo intenta quedar bien con Dios y con el diablo.

Un gobierno tibio que llegó por los votos de su estigmatizada vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, pero que lejos de levantar las banderas de la etapa kirchnerista (2003-2015) que permitieron un lanzamiento histórico que a su vez fuera el más exitoso de los últimos 60 años, (creación de 230.000 pymes, 3 millones de nuevos trabajos, crecimiento del país a tasas chinas, mayor movilidad social, empleados y jubilados con los mejores sueldos de América Latina, matrimonio igualitario, creación de innumerables derechos sociales para los más desposeídos, entre otras reivindicaciones socio económicas) el gobierno del Frente de Todos, dejó por impericia y complicidad con los más poderosos de ser de todos.

Sumado a ello la ausencia del presidente Fernández del último acto del 17 de octubre, una fecha emblemática para el peronismo.

Pero el claro discurso de la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, explica que «no debe sorprender la ausencia del histórico acto, de alguien que se mantuvo ausente durante los casi dos años de gobierno».

Alberto Fernández desperdició una magnífica oportunidad histórica. Un presidente que no tuvo el coraje ni la voluntad política para sacar de las mazmorras del régimen a un ejemplo de luchadora social como Milagro Sala, el mismo que no hizo facultad de los atributos que da la Constitución Nacional para dictar un indulto o un DNU (Decreto de Necesidad y Urgencia) para liberar a más de un centenar de presos políticos, de tomar la decisión de juzgar al mafioso de Mauricio Macri, o intervenir al nefasto Poder Judicial, así como también nacionalizar las hidrovías, establecer controles a la oligarquía agrícola ganadera, responsable de la evasión de casi un producto bruto interno (se calcula que el dinero fugado está por los 600.000 millones de dólares) de un país que llegó en el pasado a ser el granero del mundo y de abastecer a más de 400 millones de habitantes, pero que lamentablemente hoy no puede satisfacer la demanda de su propia población.

Durante el pasado el peronismo fue la única fórmula que garantizó un crecimiento sostenible, (1946/1955), beneficiando a los más vulnerables, mientras una derecha asesina gestaba el golpe militar sangriento para volver al coloniaje imperial que siempre acompañó sus políticas económicas. Argentina vivió sus días más felices durante ese primer peronismo y posteriormente durante la mencionada etapa de Néstor y Cristina Kirchner. Pero los pueblos también se equivocan, en 2015 la mentira neoliberal llegó de la mano de uno de los empresarios más corruptos de Nuestra América, el inefable Mauricio Macri, para quedarse a través del saqueo, la multimillonaria fuga de divisas, el vaciamiento de empresas públicas y privadas, sumado a la entrega del patrimonio nacional.

En 2019 el pueblo recuperó la esperanza votando a Cristina Kirchner quién delegó el mandato en Alberto Fernández, un presidente al que le quedó demasiado grande el mandato que no supo ejercer ni tampoco corresponder a su gestora, a quién le debe una de las premisas más caras del peronismo, la lealtad.

Solo cabe esperar que la fuerza de la militancia de base pueda transformar una realidad sombría de un país eternamente postergado. Necesitamos militar, imponer nuestra propia agenda al lado de los más pobres, realizar escuelas de cuadros políticos en los barrios, las universidades, en cada espacio de reflexión que nos permita interpretar la coyuntura, estudiar, desarrollar el pensamiento crítico para informar correctamente y de esa manera generar conciencia en los más humildes, ya que como decía Bertold Brecht «solo los pueblos con conciencia son pueblos que tienen esperanza».

De esa militancia de base, depende nuestro futuro y no de un presidente y sus funcionarios que jamás funcionaron (Dixit Cristina Kirchner) porque no tuvieron la voluntad y el coraje para realizar las transformaciones necesarias.

Es hora de realizar un extenso revisionismo del pasado para poder construir el futuro.

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