El presidente de la República Federativa de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, encabezó la apertura del Debate General correspondiente al 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU). La intervención, transmitida de manera oficial a través de la plataforma audiovisual de las Naciones Unidas, constituyó la décima ocasión en la que el mandatario inaugura las deliberaciones anuales del organismo. Lejos de la retórica protocolar, el jefe de Estado brasileño articuló una alocución atravesada por la indignación política ante la parálisis de la diplomacia global, apelando a una retórica que combina el reclamo histórico del Sur Global con las urgencias socioeconómicas de su propia administración.
Ante el presidente de la Asamblea General, el embajador bangladesí Calure Raman, y el secretario general de la ONU, António Guterres, Lula afirmó que las Naciones Unidas atraviesan el momento más crítico de su historia, con niveles de credibilidad institucional sin precedentes por su incapacidad para detener la escalada bélica global.
El diagnóstico de la parálisis: el veto del Consejo de Seguridad como traba estructural
El eje central de la exposición radicó en la crítica al diseño institucional del Consejo de Seguridad de la ONU. Lula da Silva sostuvo que la comunidad internacional permanece cautiva del derecho de veto reservado a las cinco potencias permanentes, una distorsión institucional que Brasil viene denunciando formalmente desde la primera sesión de la Asamblea en 1946.
El mandatario remarcó que el año 2025 registró el volumen más alto de conflictos armados en el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con billones de dólares canalizados hacia una acelerada carrera armamentística en detrimento del desarrollo social. Desde una perspectiva crítica de la diplomacia contemporánea, el presidente brasileño caracterizó a la guerra no como la prolongación de la política, sino como el colapso absoluto de las capacidades de negociación, exigiendo a las potencias del Consejo de Seguridad que abandonen la «ley del más fuerte» y asuman un compromiso real con la pacificación.
Posicionamiento geopolítico: equilibrios regionales y tensiones globales
Al repasar las crisis internacionales, el líder brasileño buscó sostener una posición de autonomía relativa. Respecto del conflicto en Oriente Medio, denunció severamente al gobierno de Benjamín Netanyahu por llevar adelante un genocidio contra mujeres y niños en la Franja de Gaza, al tiempo que condenó los ataques terroristas de Hamás contra civiles israelíes. Asimismo, repudió los hostigamientos contra la Corte Penal Internacional y respaldó la labor de la relatora especial de las Naciones Unidas, Francesca Albanese, advirtiendo que la expansión de asentamientos ilegales en Cisjordania destruye la viabilidad de la solución de dos Estados.
En relación con el conflicto entre Rusia y Ucrania —que ya cumple cinco años de desarrollo—, Lula enfatizó la inutilidad de la vía militar e instó a priorizar canales de negociación como el grupo «Amigos de la Paz», impulsado conjuntamente por Brasil y China.
En el ámbito latinoamericano, tras ratificar que Brasil «no cabe en el patio trasero de nadie», desgranó un balance matizado de las tensiones continentales: defendió la autodeterminación del pueblo venezolano, señaló que las restricciones a la oposición electoral en Nicaragua no resolverán la crisis institucional de dicho país, reclamó mayor compromiso internacional ante el colapso humanitario en Haití y tildó de castigo colectivo e ilegal al embargo económico ejercido contra la población cubana.
Seguridad territorial y la doble vara de la agenda ambiental
En materia de seguridad pública continental, el presidente brasileño destacó la operatividad del Centro de Cooperación Policial Internacional de la Amazonía en Manaos —integrado por nueve naciones de la cuenca amazónica— y reveló la entrega formal de un plan al gobierno de Estados Unidos para combatir el lavado de dinero y los flujos financieros ilícitos del crimen organizado internacional. A nivel interno, enfatizó la ejecución de operativos de incautación récord en 2025 y la aprobación de legislación antifacciones con severas penas.
No obstante, el bloque ambiental del discurso exhibió las paradojas de la política exterior e interna de Brasil. Por un lado, Lula reivindicó la drástica reducción del 50 % en la deforestación de la Amazonía —alcanzando el registro más bajo en 11 años— y la presentación del fondo Tropical Forest Forever Facility en el marco de la COP30 en Belém. Por otro lado, justificó la continuidad de la exploración petrolera en áreas sensibles como el Margen Ecuatorial brasileño bajo el argumento de la autosuficiencia energética, al tiempo que condicionó el acceso internacional a las tierras raras y minerales críticos del país a la transferencia obligatoria de tecnología y a la agregación de valor en territorio nacional.
Digitalización, soberanía y la proyección política hacia el 4 de octubre
Un aspecto novedoso del discurso fue el enfático reclamo por regular a las multinacionales tecnológicas y los desarrollos de inteligencia artificial. Lula alertó sobre la emergencia de «oligarcas digitales» que impulsan un ultraliberalismo sin controles éticos ni transparencia, evadiendo las instancias multilaterales de la ONU. En esa misma línea, denunció los estragos socioeconómicos generados por las plataformas de apuestas en línea y ratificó la decisión inamovible de proteger el sistema público y gratuito de pagos PIX frente a pretensiones corporativas de privatización.
Finalmente, el tramo de cierre de la intervención no estuvo exento de connotaciones de política doméstica. Al defender la agenda social de su gobierno —que incluye la Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza y la propuesta para abolir el régimen laboral de 6 días de trabajo por 1 de descanso (6×1)—, el presidente proyectó su mensaje hacia las elecciones generales del próximo 4 de octubre en Brasil. Lula encuadró los comicios venideros como un dilema histórico entre «democracia y denialismo», asegurando que el sistema electoral de su país cuenta con la solidez necesaria para resistir operaciones de desinformación e injerencias externas.

