Este 24 de marzo de 2026 marca un hito de dolor y reflexión: se cumplen 50 años del inicio de la última dictadura militar en Argentina. La fecha invita a desmenuzar un proceso que, lejos de ser un hecho aislado, contó con una planificación meticulosa y apoyos externos estratégicos. Según un reporte especial de la agencia RT, publicado originalmente este mismo día, aquella madrugada de 1976 «la sociedad argentina se enteró de que se había concretado un nuevo golpe militar», sin imaginar que se enfrentaban al periodo más oscuro y violento de su historia.
El respaldo internacional y la debilidad institucional previa
El derrocamiento de María Estela Martínez de Perón no fue un evento imprevisto por los actores del poder real. La inestabilidad de un gobierno debilitado por la violencia de la Triple A sirvió como antesala para una intervención que «contaba con el apoyo de EE.UU.», especialmente a través de Henry Kissinger, y el aval financiero del Fondo Monetario Internacional (FMI). Esta trama internacional subraya que el golpe no solo buscaba un ordenamiento interno, sino la inserción forzada de Argentina en un esquema geopolítico de control regional, donde «el poder militar fue más importante que el poder civil» durante décadas.
El terrorismo de Estado: Un plan sistemático de exterminio
La instauración del autodenominado «Proceso de Reorganización Nacional» ocultaba, bajo un eufemismo institucional, un aparato represivo sin precedentes. La junta liderada por Videla, Massera y Agosti expandió la persecución mucho más allá de las organizaciones guerrilleras, alcanzando a sindicatos, docentes y estudiantes. El informe de RT destaca que estos «crímenes de Estado serían superados por una dictadura» que implementó más de 800 centros clandestinos de detención, donde se practicaron torturas, robos de bienes y el aberrante robo de bebés.
La crueldad del régimen se manifestó en tácticas de exterminio como los vuelos de la muerte, donde «los tiraban vivos al mar con el fin de que los cuerpos no fueran encontrados». Esta metodología del terror buscaba no solo eliminar físicamente a la oposición, sino paralizar a toda la sociedad a través del miedo. La desarticulación del tejido social y el disciplinamiento de la clase trabajadora fueron las verdaderas implicancias de un sistema que «cercenaba el derecho de reunión, de circulación y de libertad de expresión».
Del Mundial de 1978 al colapso en las Islas Malvinas
El régimen militar intentó utilizar eventos de masas para lavar su imagen y ganar legitimidad ante la mirada internacional. La Copa del Mundo de 1978 fue el ejemplo más paradigmático de esta estrategia: mientras se celebraban los goles, a pocas cuadras de los estadios, cientos de víctimas sufrían tormentos en la ESMA. No obstante, este velo comenzó a caer gracias a la valentía de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, cuyos reclamos lograron que «los crímenes masivos que cometían los represores» se conocieran en todo el mundo.
El colapso final del gobierno de facto llegó con la aventura bélica en el Atlántico Sur. En 1982, Leopoldo Galtieri buscó en el nacionalismo un último salvavidas, pero la derrota ante el Reino Unido selló el destino de la junta. La guerra de «Malvinas implicó la caída de la dictadura», dejando un saldo trágico de jóvenes soldados fallecidos y abusados por sus propios superiores. Con la asunción de Raúl Alfonsín en 1983, Argentina cerró un capítulo de horror que, a 50 años de distancia, continúa siendo una «herida abierta» que exige memoria constante para evitar la repetición de la historia.

