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Facha Bruta, el criminal calabrés que sembró el terror en Uruguay y Argentina

Bruno Antonelli Debella fue el responsable de robos y crímenes más brutal de la Década Infame. Nacido en Calabria, hizo una escala delictiva en Montevideo antes de instalarse en Buenos Aires. Detenido luego de un asesinato, fue acuchillado en el patio de una prisión de Rosario. Tenía apenas 30 años.


POR RICARDO RAGENDORFER

El almacén La Armonía del Pueblo, al oeste de Rosario, poseía dos locales; en el primero estaba la despensa y en el otro, un despacho de bebidas.

Durante la noche del 13 de junio de 1933, acodados sobre el estaño, dos sujetos departían en voz bala con sendas grapas de por medio. Uno de ellos vestía traje oscuro y, de tato en tanto, oteaba a su alrededor a través de unas gafas con aumento que hacían incierta la dureza de su rostro. El otro, en cambio, lucía un aspecto patibulario: gorro de lana, un viejo sobretodo con las solapas levantadas y, entre esas dos prendas, una mirada torva. También tenía un reloj de bolsillo que consultaba con insistencia. Parecía nervioso.

En la calle flotaba el silencio. Hasta que, de pronto, fue audible el débil ronroneo de un motor. Ello alertó al hombre de las gafas, que volvió a girar la cabeza, El ruido provenía de Ford Victoria que acababa de estacionar a unos metros. Pero él no se percato de ello ni, por lo tanto, en sus cuatro ocupantes.

Entonces, el de la gorra lo invitó a caminar. Y él aceptó, adelantándose hacia la puerta. En ese instante se desató una lluvia de balas.

De soslayo, su acompañante lo vio caer como una marioneta con los hilos cortados. Pero también sintió un ardor: el rebote de un proyectil se le había incrustado en un glúteo. Y cayó a centímetros del cadáver. Así, luego de unos minutos, lo encontró la policía. Aullaba de dolor.

Tras una breve escala hospitalaria, en donde le hicieron las curaciones correspondientes, el herido fue llevado a la Jefatura.

Allí, debido a la singularidad de su lesión, fue depositado boca abajo en un escritorio. Y entre gemidos, explicó que era un linyera que justo pasaba por el lugar del hecho. Sin embargo, tal versión se desplomó al ser identificado en una foto prontuarial. Su nombre era Demetrio Pérez y tenía antecedentes como ladrón de poca monta.

Entonces confesó haber “vendido” a Blanco Fernández por unos pesos. Y que su asesinato fue un ajuste de cuentas entre bandas rivales. Finalmente balbuceó el apodo de su matador: “Facha Bruta”.

Al oír esas dos palabras, el comisario sonrió. Y sus ojos adquirieron una perturbadora luminosidad.

Algo más que una cara bonita

A fines de 1930, Bruno Antonio Debella –nacido en Calabria hacía 26 años– partió del puerto de Marsella hacia Montevideo. Lucía un porte inquietante y su rostro mostraba las marcas de una añeja viruela. Ya todos lo llamaban por el mote que conservaría hasta el fin de sus días. También arrastraba un par de homicidios, algunos asaltos y una condena a muerte. Por aquellos días solía ufanarse de ser anarquista. Incluso aseguraba haber participado en un fallido complot contra Mussolini. Lo cierto es que nadie pudo corroborarlo. Pero él utilizaba esa presunta historia para vincularse con referentes del anarquismo expropiador que circulaban en la otra orilla del Río de la Plata.

Tanto es así que haría buenas migas con Luis Guidot y Daniel Molina, dos argentinos perseguidos por el régimen del general Uriburu. Con ellos hizo su primera incursión delictiva en América: el asalto al pagador del Frigorífico Nacional. Sucedió el 9 de noviembre de 1931 y tuvo por saldo dos empleados acribillados por Facha Bruta ante el asombro de sus propios compañeros.

El siguiente golpe del grupo no tuvo fines de lucro. Ocurrió durante la mañana del 21 de febrero del año siguiente, y su blanco fue el comisario Luis Pardeiro, un torturador que se le anticipó –en la capital uruguaya– a Leopoldo Lugones (a) “Polo”, el hijo del escritor, en el uso de la picana eléctrica. El trío lo emboscó en una esquina céntrica de aquella ciudad mientras él viajaba a bordo de un vehículo. Debella se encargó personalmente de ejecutar al tipo. A tal efecto, logró encaramarse en el guardabarros trasero para vaciarle en la cabeza el cargador se su pistola.

La banda, entonces, decidió disolverse y escapar a Buenos Aires.

Dos meses después, Facha Bruta lideró en el barrio de Flores el asalto al pagador de la Unión de Abastecedores de la Capital. Lo acompañaban Guidot y otros cuatro diestros exponentes de la acción directa: Armando Fresco, Juan del Piano, Eladio López y Eliseo Rodríguez.

Cabe destacar que fue justamente después de este atraco cuando Facha Bruta comenzó a tener graves desaveniencias con sus cómplices por el reparto del botín. El calabrés pretendía quedarse con la tajada más grande, aduciendo “gastos operativos”. Por aquellos días, su naturaleza de delincuente común ya lo diferenciaba de quienes transgredían las leyes por razones políticas.

No obstante, el mismo elenco protagonizó, en agosto de 1932, el asalto a un vehículo del Banco de Crédito Provincial de La Plata. Aquella vez, Facha Bruta mató sin motivo a dos empleados.

Durante la mañana del 3 de enero de 1933, el grupo atracó una sucursal del Banco de Londres y América del Sur, oportunidad en la cual Facha Bruta volvió a despuntar su inclinación por el gatillo: tres guardias, un canillita y un cliente resultaron gravemente heridos.

La ruptura con los anarquistas se hizo entonces irreversible. A ello se sumó una serie de complicaciones en las que el grueso de sus ex compinches terminó tras las rejas o en una tumba. Y Debella se convirtió en el hombre más buscado de la Argentina.

Su siguiente teatro de operaciones fue la ciudad de Rosario, y con una nueva banda. Pero sus tiempos de gloria habían quedado atrás. Porque a partir de entonces sus cómplices fueron mafiosos residuales, anarquistas quebrados y lúmpenes de segunda categoría. De hecho, los golpes realizados por Facha Bruta en esa etapa tuvieron por blanco dos almacenes de barrio, una pequeña fábrica de bolsas y la terminal de una línea de tranvías.

Pero mantuvo inalterable su sed de sangre y también la mezquindad a la hora de repartir botines. Y Eso provocó que uno de sus lugartenientes, Nicolás Blanco Fernández lo abandonara para formar su propia banda.

Esa decisión –como ya se sabe– le costó la vida.

Ladrón sin destino

El comisario Martínez Bayo sonrió. Luego, con un chasquido de dedos, dio la orden de que lo llevaran a Demetrio Pérez a un calabozo. En minutos, el detenido no solo había señalado a Debella como el killer de Blanco Fernández sino que proporcionó detalles exactos de sus costumbres, además de la dirección de su aguantadero.

El comisario seguía sonriendo.

Durante la mañana del 14 de junio, siempre con aquella extraña sonrisa, encabezó un espectacular operativo en una casa suburbana de Rosario.

Facha Bruta fue sorprendido con las mejillas enjabonadas y una navaja en la mano. No opuso resistencia; solo pidió que lo dejaran afeitarse. El tipo se mostraba afable y expansivo. Prueba de ello fue su buena predisposición hacia los periodistas en las breves e improvisadas conferencias de prensa que supo ofrecer durante los traslados al juzgado. Entonces, exageraba hazañas y hasta se permitía alguna broma con los guardias.

Resultaba increíble que el prófugo número uno de la Argentina y autor de los asaltos más sangrientos de una época haya caído preso por el rebote de una bala en medio de una venganza doméstica.

Pero el destino le reservaba un pequeño desquite.

El 7 de octubre de 1934 comandó un intento de fuga en la Penitenciaría de Rosario. Él y sus cómplices tenían armas y bombas. Varios guardias fueron heridos y Debella despenó de un tiro a un preso que no quiso sumarse al plan de evasión. Pero todo falló.

A partir de entonces fue recluido en una celda de aislamiento hasta el 15 de octubre, cuando nuevamente se lo vio en el patio.

En ese instante fue rodeado por una turba de presos. Varios lo sujetaron de los brazos. Uno de ellos le clavó una faca en la garganta.

Sus últimas palabras fueron inaudibles.

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