El cine como trinchera: falleció Adolfo Aristarain, un maestro del oficio
El domingo 26 de abril de 2026, la cultura rioplatense perdió a una de sus figuras más lúcidas. Adolfo Aristarain falleció en Buenos Aires a los 82 años, según confirmó la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España y consignó el diario Página|12 en su cobertura firmada por la redacción de Cultura. Su partida no es solo el fin de una biografía, sino el cierre de un modo de entender el cine como una herramienta de exploración de «conflictos personales y decisiones éticas» que marcaron a varias generaciones.
La trayectoria de Aristarain no se explica sin su profundo vínculo con España, donde residió siete años y consolidó una cinematografía transatlántica. La Academia española, al lamentar su pérdida, lo definió como “un creador clave para las filmografías argentina y española”, subrayando su capacidad para amalgamar sensibilidades de ambos márgenes del océano. Sus dos Premios Goya y la Medalla de Oro de la Academia recibida en 2024 dan cuenta de una relevancia que trascendió fronteras, pero que siempre mantuvo el pulso sobre la realidad política y social de su tierra natal.
Lejos de la formación académica tradicional, Aristarain fue un cineasta «formado en el trabajo cotidiano de los rodajes», habiendo pasado por roles de sonidista, montador y asistente de dirección. Esta perspectiva técnica le otorgó una sobriedad narrativa que volcó en obras maestras como Tiempo de revancha y Martín (Hache). El propio director solía destacar que, pese a su maestría técnica, su cine dependía de la humanidad de sus intérpretes, advirtiendo que sin actores como Federico Luppi o Cecilia Roth “hubiese sido imposible hacer películas”.
En tiempos donde la cultura argentina enfrenta debates sobre su financiamiento y sentido federal, la obra de Aristarain en cintas como Un lugar en el mundo resuena con fuerza por su retrato de la resistencia en el territorio. Su filmografía dejó una “marca profunda en el cine argentino y español”, no solo por su éxito comercial o de crítica, sino por la construcción de relatos donde la dignidad humana se impone al cinismo del mercado. Con su muerte, el cine nacional pierde a un director que, devoto de Ford y Hitchcock, nunca dejó de buscar su propio lugar en el mundo.

