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El día que la furia bolivariana derrotó al Imperio

El pescador de Chuao, descalzo y humilde por donde se lo viera, pero con la dignidad de cualquier trabajador que sabe plantarse ante quien sabe que son sus enemigos, se acercó a la costa al ver una barcaza de asalto donde indiscutiblemente venían los que quieren acabar con la Revolución que tanto le ha dado a él y a su familia.


Sin dudarlo, a pesar de que vio a esos energúmenos armados, apretó la mano sobre el fierro que portaba y les gritó: “Quietos, cuerda de terroristas, si se mueven no respondo. Yo soy la furia bolivariana”. El relato emocionado de Nicolás Maduro no admite dudas. Ese hecho no es una anécdota más, sino un singular y contundente mensaje a los lujosos despachos de la Casa Blanca, para que tengan claro que en este país caribeño hay muchas y muchos decididos a jugársela con todo para que los esbirros de Trump y los paracos de Uribe e Iván Duque no pongan sus pies en una tierra soberana por donde se la mire.

Así, en poco más de 24 horas terminó otro intento de traer muerte justamente cuando todo un pueblo lucha por la vida contra la guerra bacteriológica regada por los gringos en todo el mundo y a la vez contra cualquier amago imperial de aprovechar la ocasión para invadir Venezuela Bolivariana.

Esos mercenarios instruidos por ex marines como Jordan Goudreau, “condecorado” por sus crímenes en Irak, Afganistán y Libia, junto a dos integrantes de la seguridad de Trump, más los traidores locales como Robert “Pantera” Colina, Antonio Sequea y Adolfo Baduel (hijo de otro traidor a la patria y al chavismo), no pudieron con la “furia” de militares y milicianos patriotas, ni con esos pescadores y pescadoras de Aragua que con piedras y valentía los enfrentaron.

Estaban entrenados sí, son una máquina de asesinar sí, tenían pertrechos sí, y mucho dinero también, ya que Washington y sobre todo la codicia de Trump y su súbdito Mike Pompeo pagan bien a sus sicarios, pero no contaron con que el pueblo de Bolívar y Chávez, de Diosdado y Nicolás, no arruga frente a las circunstancias difíciles. Lo demostró en aquellas jornadas épicas de los dos golpes de 2002 (el de Carmona “el breve” y el petrolero posterior) y lo volvió a ratificar cuando en medio del fuego y las muertes de las guarimbas, atravesó ríos y montañas y puso el cuerpo para votar la Constituyente.

Ahora, viendo a esos mercenarios tirados en el piso, amarrados y muchos de ellos “cantando” todo lo que saben casi sin que se lo pregunten, temblando de miedo por imaginarse que harían con ellos, no los guardias nacionales sino el pueblo que está harto de sus maldades, se tiene una foto veraz de lo que significa esa alianza indestructible cívico-militar bolivariana. Algo que todo el oro del mundo no ha conseguido quebrar.

Más aún, viendo al tal Goudreau, relatando a la escuálida “periodista” Patricia Poleo (otra vez se quedó la susodicha con las ganas de festejar la caída del “dictador” Maduro) como se firmó el contrato con el impresentable de Juan Guaidó y otros como él. Contrato que habilitaba precisamente estos frustrados desembarcos para invadir Venezuela y provocar un genocidio, y que, según el jefe mercenario que regenteaba la agencia de Seguridad Silvercorp, no le fue pagado por el delincuente de Guaidó. Así son estos “libertadores”, lo único que les interesa es cuanto dinero hay de por medio y para colmo se lo roban entre ellos. Ya es tiempo, por otra parte, que el citado Guaidó termine también él en un calabozo. Ha hecho suficiente mal para que se lo vuelva a dejar seguir conspirando.

Otro detalle que no puede pasar desapercibido es que mientras los invasores bautizaron a su fracasada operación con el nombre de Gedeón, guerrero del antiguo Israel, los patriotas bolivarianos los vencieron invocando al ex esclavo Pedro Camejo, quien con el apodo de “Negro Primero” combatió con bravura en las guerras de la independencia. Todo un símbolo.

Lo cierto es que esta victoria en toda línea de los revolucionarios tiene un valor incalculable. Sigue demostrando a los pueblos del continente y a todos aquellos que en el mundo hoy están batallando contra un virus que no vino de la nada sino que es parte también de la locura mesiánica y destructiva del capitalismo, que en Venezuela, lo mismo que en Cuba, se ofrecen dos claros ejemplos de sociedades diferentes. Porque nadie, a tantos años de Revolución asediada de mil maneras, se anima a defender un país y a su dirigencia, si ese proceso no les ha brindado las posibilidades de crecer con dignidad.

Mientras en Venezuela el chavismo apuntó a una sociedad de iguales, en salud, educación, vivienda, y lo sigue desarrollando a pesar del criminal bloqueo, en muchos otros países, incluidos los del llamado “primer mundo” imperan doctrinas que piensan más en el dios mercado que en la vida de sus pobladores. Pruebas al canto lo que se está viendo con la susodicha pandemia.

En este marco de incertidumbre global, con un futuro cargado de millones de desocupados, de una hambruna inevitable y seguramente de más giros a la derecha, lo ocurrido por estas horas en Venezuela dan ánimo para quienes en la depresión de sus confinamientos involuntarios empiezan a dudar si sirve de algo luchar. Allí está ese pescador de Chuao dando el ejemplo de que donde hay Patria hay que defenderla. Que se trata de ellos y su ambición desmedida por acumular riquezas, y por otro lado los que siguen creyendo que la barbarie no podrá con el socialismo. A no dudarlo compañeros, compañeras, compañeres, nuestra mayor autodefensa es la furia bolivariana.

Por Carlos Aznarez: Periodista argentino en medios de prensa escrita y digital, radio y TV. Escritor de varios libros de temas de política internacional. Director del periódico Resumen Latinoamericano. Coordinador de Cátedras Bolivarianas, ámbito de reflexión y debate sobre América Latina y el Tercer Mundo.

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