La conmemoración del 8 de marzo (8M) no responde a un hecho único, sino a un tejido de luchas obreras y políticas del siglo XX. La propuesta formal surgió en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague (1910), impulsada por Clara Zetkin, con el objetivo de promover el sufragio femenino y la igualdad de derechos.
Historiográficamente, existen “mitos fundacionales” creados durante la Guerra Fría para desvincular la fecha de su origen soviético. Aunque se cita a menudo una huelga en Nueva York en 1857, estudios indican que dicho evento fue una construcción posterior. El hito real más próximo fue el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist en 1911, donde murieron 146 personas, mayoritariamente mujeres migrantes, lo que impulsó reformas laborales profundas. No obstante, fue la huelga de las mujeres rusas en 1917 contra la guerra y el hambre la que terminó por consolidar el 8 de marzo en el calendario internacional. La ONU institucionalizó la fecha recién en 1975.
Mujeres en la historia argentina: Insolencia y organización
En Argentina, el feminismo emergió a fines del siglo XIX vinculado a las corrientes socialistas y anarquistas. Figuras como Julieta Lanteri, primera mujer en postularse a un cargo político, y Alicia Moreau de Justo cimentaron las bases de la lucha por la capacidad civil y el derecho al voto. En nuestra región, la apertura de escuelas y la educación pública fueron herramientas clave de igualación social.
El quiebre fundamental ocurrió en 1947 con la sanción de la Ley 13.010 de Sufragio Femenino. Bajo el liderazgo de Eva Perón, se produjo un desplazamiento sísmico: la mujer dejó de ser un “eco” de la política masculina para organizarse de forma autónoma en el Partido Peronista Femenino (PPF).
Este proceso contuvo una paradoja analizada por la historiografía: el uso de argumentos “maternalistas” —la mujer como redentora del hogar— para conquistar un espacio en el poder público antes vedado. Esta “treta del débil” permitió a las mujeres peronistas irrumpir masivamente en el Congreso en 1952, alcanzando una representación del 22%, cifra inédita a nivel mundial para la época.
Hitos de conquistas y la “Marea Verde”
Tras décadas de proscripción y dictaduras, la democracia recuperada en 1983 permitió una nueva articulación entre el feminismo y los partidos políticos. En 1991, la Ley de Cupo Femenino garantizó un piso de participación del 30%, obligando a las estructuras partidarias a abrir sus listas.
El ciclo de gobiernos entre 2003 y 2015 profundizó esta agenda con leyes de Matrimonio Igualitario, Identidad de Género y la Asignación Universal por Hijo, que reconoció el trabajo de cuidado de millones de mujeres. En este contexto, el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner representó el ejercicio efectivo del poder en manos femeninas, desafiando lógicas misóginas instaladas en la cultura política.
Finalmente, el movimiento Ni Una Menos (2015) y la posterior marea verde por el aborto legal, sancionado en 2020, marcaron la masificación del feminismo, impulsado por una juventud politizada que transformó el lenguaje político y social.
Problemas actuales: Neoliberalismo y reacción conservadora
Hoy, el movimiento enfrenta una fase de backlash o reacción conservadora por parte de sectores neoconservadores. El avance de discursos que califican la perspectiva de género como “ideología” busca desmantelar políticas públicas de salud sexual, Educación Sexual Integral (ESI) y protección contra la violencia de género.
La crisis económica actual impone una “economía de la agresión” sobre las mujeres, quienes padecen con mayor fuerza la precarización laboral y la sobrecarga en las tareas de cuidado no remuneradas. La desigualdad de tiempo sigue siendo la base material que limita la progresión profesional femenina, con solo un 24% de mujeres en puestos de dirección editorial en medios globales.
El desafío para el feminismo popular en Argentina es evitar la “minorización” de sus demandas y seguir articulando la lucha contra el patriarcado con la defensa de la justicia social.

