Espectáculo

Jorge, el pequeño gran hombre del humor inteligente

El 12 de marzo de 2008 fallecía Jorge Guinzburg, uno de los más queridos personajes de los medios. Surgido de la gráfica, fue uno de los que hicieron Satiricón y Humor, así como también guionista de Tato Bores. Con «La noticia rebelde» revolucionó la televisión logrando picos históricos de rating en el canal público. Sin duda, su presencia se extraña -y mucho- en la pantalla.


Ojos vivaces, una sonrisa permanente y enorme (más enorme aún que su enorme bigote), una carcajada espontánea tras cada frase y el humor inteligente que supo cultivar desde chico en su barrio, Villa Santa Rita.

Así lo recuerdan quienes conocieron a ese pequeño gran hombre que fue Jorge Ariel Guinzburg que, de la gráfica a la radio, de la radio a la televisión y el teatro, fue uno de los grandes exponentes del humor en los años duros de la dictadura y la recuperación de la democracia.

El barrio

Jorge se definía como un típico porteño con calle barrial. La suya era Luis Viale, en Villa Santa Rita, entre Floresta y Villa del Parque. Allí nació (el 3 de febrero de 1949) y se crió en una casa “chorizo” junto a su papá (Benjamín, visitador médico) y su mamá (Eugenia, una auténtica idishe mame que hasta los últimos años de Jorge se encargó del “catering” para las fiestas judías, rodeados de amigos).

Como Jorgito sufría asma, Benjamín y Eugenia decidieron dejar todo y radicarse unos años en Capilla del Monte, para que el aire serrano ayudara al nene. Alquilaron una hostería y ellos eran conserje, mucama, cocinero, todo.

Volvieron a Villa Santa Rita cuando Jorge cumplió 10. Entonces sucedieron dos cosas fundamentales en su vida. Se afianzó su pasión por Vélez y en las aulas del Nacional Urquiza (Condarco al 200, Flores) conoció a Carlos Abrevaya, quien sería su gran socio a la hora de hacer humor.

Dicen que en la secundaria forjó su estilo. “Era peor que la ladilla”, confesó alguna vez. “Garrafa”, lo apodaban los compañeros, porque “era chiquito pero peligroso”.

La amistad con Abrevaya llevó a ambos a probar suerte en Derecho, pero pronto se dieron cuenta de que no era lo suyo. Los frustrados abogados se anotaron en el Conservatorio de Arte Dramático.

Claro que en la casa de los Guinzburg la plata no sobraba, así que el trabajo era una obligación: vendió carteras y cinturones y hasta manejó un taxi. Charlando con los pasajeros -una especie de talk show sobre ruedas- también afianzó la idea de que su futuro estaba en el humor.

Los comienzos

La primera gran oportunidad la tuvieron y no la desaprovecharon. En 1971, lograron ser contratados por Juan Carlos Mareco como guionistas de «Pinocheando», su programa de Radio Rivadavia. El camino a la consagración ya estaba abierto.

El año siguiente el dúo de Villa Santa Rita (Abrevaya-Guinzburg) se integró a la naciente redacción de Satiricón, creada por Oscar Blotta. Y en 1977, Jorge y Carlos fueron de los iniciadores de la revista Humor y también dieron vida a «Diógenes y el linyera», la tira de la última página del diario Clarín que se publicó hasta el 13 de marzo de 2008, el día siguiente a la muerte de Guinzburg.

El primer paso a la televisión -aunque fuera de la pantalla- se dio en 1983, cuando los dos se incorporaron al equipo de guionistas de Tato Bores. Y siempre con Abrevaya, tuvieron su primer programa radial propio, «En ayunas».

La gran pantalla

Fue en 1986 (y hasta 1989) cuando este genio de 1,59 de altura («mi petisez nunca fue un complejo», comentaba a menudo) se hizo masivo con un programa que revolucionó la televisión: «La Noticia Rebelde». Un magazine periodístico con un póker inédito -Guinzburg, Abrevaya, Adolfo Castelo y Raúl Becerra, más Nicolás Repetto como «movilero»- que hizo trepar el rating de ATC a cifras nunca antes alcanzadas.

Desde entonces, la historia de casi dos décadas de éxitos, es conocida. Ciclos como «La Biblia y el calefón» -¿cómo olvidar el programa que reunió a Charly García, Joaquín Sabina, Graciela Alfano ¡y Diego Maradona!?-, «Peor es nada» (junto al Negro Fontova), «Tres tristes tigres» (con Midachi) o «Mañanas informales» lo catapultaron a una merecida fama.También se animó al teatro, sobre el escenario y en bambalinas, con obras co-producidas con su gran amigo Daniel Comba.

Con menos pretenciones de audiencia pero con un enorme placer, también produjo y condujo programas culturales para Canal A y Encuentro, así como también los ciclos de ópera y ballet para chicos en el Teatro Colón, los domingos por la mañana.

El hombre, el padre, el amigo, el adiós

Fue en 1986 (y hasta 1989) cuando este genio de 1,59 de altura («mi petisez nunca fue un complejo», comentaba a menudo) se hizo masivo con un programa que revolucionó la televisión: «La Noticia Rebelde». Un magazine periodístico con un póker inédito -Guinzburg, Abrevaya, Adolfo Castelo y Raúl Becerra, más Nicolás Repetto como «movilero»- que hizo trepar el rating de ATC a cifras nunca antes alcanzadas.

Desde entonces, la historia de casi dos décadas de éxitos, es conocida. Ciclos como «La Biblia y el calefón» -¿cómo olvidar el programa que reunió a Charly García, Joaquín Sabina, Graciela Alfano ¡y Diego Maradona!?-, «Peor es nada» (junto al Negro Fontova), «Tres tristes tigres» (con Midachi) o «Mañanas informales» lo catapultaron a una merecida fama.También se animó al teatro, sobre el escenario y en bambalinas, con obras co-producidas con su gran amigo Daniel Comba.

Con menos pretenciones de audiencia pero con un enorme placer, también produjo y condujo programas culturales para Canal A y Encuentro, así como también los ciclos de ópera y ballet para chicos en el Teatro Colón, los domingos por la mañana.

El hombre, el padre, el amigo, el adiós

Siempre los hijos fueron la prioridad de Guinzburg. Soledad y Malena, de su primer matrimonio, y Sacha e Ian, del segundo, con Andrea Stivel, «su gran amor», como solía definirlo. «Un amor que venció la diferencias», agregaba, «14 años y 16 centímetros». Desde entonces, Andrea no sólo fue su compañera sino también su mano derecha como productora.

La otra pasión de Jorge nació en el barrio, cuando se hizo hincha incondicional de Vélez Sárfield. Una relación que tuvo su punto más alto en 1994, cuando su equipo venció al poderosísimo Milan en la final de la Copa Intercontinental en Japón. En la platea del estadio de Tokio, obviamente estuvo Jorge, alentando a los dirigidos de otro gran amigo, Carlos Bianchi.

En el 2007, recrudeció su enfermedad pulmonar crónica al punto que tuvo que ausentarse un par de meses de la conducción de «Mañanas informales». Casi recluido en su casa de la calle Maure, en Belgrano, una de sus primeras salidas fue el casamiento de su hija Soledad, y luego, la boda de dos íntimos amigos, en Pilar.

De todos modos, como era su gran deseo, volvió a ponerse al frente del ciclo de Canal 13, organanizó el cumpleaños de Andrea, como todos los 29 de diciembre, y hasta se tomó un par de semanas en una playa del Caribe.

Sin embargo, la enfermedad ya no tenía vuelta atrás y al regreso apenas si pudo grabar un par de programas de «La Biblia…». El último, el 14 de febrero de 2008, con Sebatián Wainraich, Mónica Ayos, Mercedes Morán y Enrique Pinti, como invitados.

El jueves 6 de marzo, Guinzburg tuvo que ser internado en la clínica Mater Dei; ya necesitaba asistencia respiratoria permanente. El miércoles 12, a las 10.30 de la mañana, su agotado corazón dijo basta. Al día siguiente, en el cementerio israelita de La Tablada, decenas de familiares y amigos los despidieron en una mañana de sol. Acompañando a Soledad, Malena, Sacha, Ian, Andrea y mamá Eugenia, estuvieron Carlos Bianchi, Diego Maradona, Nacha Guevara y Guillermo Francella, entre muchos otros.

Tuve la suerte de tener a Jorge como amigo, sobre todo en los últimos años, en que nos acompañamos mutuamente.

Lo conocí en 1983, en una nota que le hice cuando se sumó al equipo de guionistas de Tato Bores. Al llegar -un poco tarde- a casa de Oscar Blotta, donde se haría la entrevista, Jorge, mirándome a los ojos, me extendió su mano y me preguntó si me había demorado por problemas en el cierre. Ingenuo, le respondí que no, que la edición de la revista para que la que yo trabajaba había terminado en horario. Guinzburg insistió con «¿tuviste problemas con el cierre?» y bajó la mirada. Rojo de vergüenza, me miré el pantalón y ahí me di cuenta de que 15 segundos después de conocerlo, ya me había hecho una broma.

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