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Cara a cara con Fabián Tablado, el femicida de las 113 puñaladas

El encuentro con el autor de esta nota se dio en el año 2003, en la Unidad 23 de Florencio Varela. Hacía siete años que Tablado había asesinado a su novia, Carolina Aló (17), hecho que -dice- no recuerda «porque su mente está en blanco». Tras 24 años en prisión, este 15 de diciembre Tablado salió en libertad y se radicó en Córdoba con una nueva pareja.


POR RICARDO RAGENDORFER

Fue el 28 de febrero de 2020 cuando Fabián Tablado, el femicida más famoso de la historia policial argentina, abandonaba la Unidad 21 de Campana, luego de cumplir 24 años de prisión por el crimen de su novia, Carolina Aló. Pero su vida a cielo abierto solo duró once meses y 17 días, ya que el incumplimiento de ciertas restricciones que le impusieron al ser excarcelado –tal como se verá más adelante– lo llevaron nuevamente tras las rejas, esta vez por un año.

De modo que, bajo el sol matinal del pasado 15 de diciembre, una jauría periodística permanecía ante el portón de la Unidad 46, en la localidad de José León Suárez, para devorar la imagen de su segunda salida en libertad.

Recién al mediodía, su silueta emergió de la nada. Y fue transmitida en cadena por todas las señales de noticias. Sitiado por micrófonos y cámaras, los movileros lo acribillaban con obviedades. “¿Por qué la mataste? / ¿Creés que pagaste el mal que hiciste? / ¿Cuál es el mensaje para tus hijas? / ¿Cómo será tu vida ahora? / ¿Estás arrepentido?”.

Por toda respuesta, hubo algunos empujones. Así dio sus primeros pasos en un mundo sin rejas. ¿Acaso era el final feliz de la historia que lo proyectó a la fama o el primer peldaño de una nueva desgracia? Tales eran los tópicos del interrogante que a esa hora se extendía entre los televidentes. Un interrogante que dignificaba a la sociedad del espectáculo con un dato de último momento: en algún lugar de Córdoba lo esperaba con los brazos abiertos un nuevo amor. Bien vale entonces explorar el currículum sentimental de este sujeto.

Carolina Aló tenía 17 años cuando fue asesinada por Tablado de 113 puñaladas.

En este punto es necesario retroceder al 27 de mayo de 1996.

La noche de los cuchillos largos

Fabián jamás podrá olvidar aquella noche. Ni las 72 horas anteriores, aunque se hayan quemado en una maratónica ingesta de cerveza y cocaína. Porque en esas circunstancias se le metió en la cabeza que su novia le habría sido infiel. Luego le restó importancia al asunto. Tanto es así que, al atardecer el lunes en cuestión, la encontró como si nada hubiera ocurrido en la puerta del colegio Marcos Sastre, de Tigre. Allí cursaban la secundaria. Carolina tenía 17 años, tres menos que él.

Su padre, Edgardo Aló, tampoco podrá olvidar esa noche. El novio de su hija siempre le causó desagrado. Lo cierto es que en aquellas horas tuvo un presentimiento funesto. Y se encaminó hacia el colegio, llegando a las 23.15. Al rato sonó la campana y los alumnos salieron. Pero no Carolina ni Fabián.

Tablado, al ser arrestado tras el femicidio.

Ambos estaban en un chalet de la calle Albarellos 348. Era el domicilio de la familia Tablado. Habían arribado allí tres horas antes.

“Esa vez nos pusimos melosos”, admitió Fabián en una entrevista con el autor de esta nota para el programa «Historias del Crimen», de Telefe, durante el otoño de 2003 en la Unidad 23 de Florencio Varela, donde en aquella época se encontraba alojado. Y agregó: “Hicimos el amor; fue hermoso. En el instante del orgasmo le propuse tener un hijo”.

Eso habría sido el detonante de la tragedia.

La reacción de ella –siempre según Tablado– consistió en interrumpir la eyaculación con un codazo. Tal actitud enardeció al novio, quien, súbitamente, exhumó del olvido la presunta infidelidad de ella. El tipo estaba fuera de sí. Pero su enfado de pronto se agravó, al sospechar que el tercero en discordia sería nada menos que su mejor amigo.

Ya a la medianoche, un sexto sentido desesperaba a don Edgardo, quien se echó a correr hacia el chalet de la calle Albarellos.

Allí ya estaba la policía.

Apenas se asomó a la puerta pudo vislumbrar la silueta de su hija, que yacía sobre las baldosas de la cocina. En ese momento salía un perito con el rostro desencajado. Y sin saber que estaba frente al padre de la víctima, soltó: “¡Jamás he visto algo así! Llegué a contar 80 puntazos. No pude seguir”.

Ya se sabe que en realidad fueron 113 puñaladas Hasta la cuarta, ella estuvo consciente. Sólo las tres últimas fueron mortales; las otras se hundieron en brazos y piernas, en los costados del tórax y arañaron el borde del pubis. El asesino había elegido zonas no vitales solamente para desatar el dolor. Y había usado cuatro cuchillos de cocina.

Para él, no obstante, los recuerdos fueron borrosos, según la versión que esgrimió en esa entrevista; a saber: “De pronto me descubrí tirado en el piso, todo ensangrentado. Carolina estaba debajo de mí. Parecía inconsciente. Traté de reanimarla. Pero no se movía. Ahí me di cuenta de que estaba sin vida”.

A continuación, inició una frenética huida que culminó bajo el puente Tedín, a 20 cuadras de su casa. Allí aguardó infructuosamente el arribo de un remis. En cambio, llegó la policía. Un cabo gordo y amigable, mientras lo esposaba, le dijo: “Te cagaste la vida, pibe”.

Durante esa entrevista Tablado aseguró que en el momento del crimen su mente estaba en blanco. De hecho, la estrategia del abogado Omar Breglia Arias fue demostrar una “emoción violenta”.

Casi tres años después del crimen, la Sala 2 de la Cámara Penal de San Isidro desestimó aquella línea argumental. Los jueces habían entendido que él, en el instante de matar, comprendía perfectamente la criminalidad de su acto. Y lo condenaron.

El militante del amor

Ya en 2003 Tablado era un preso ejemplar. Entre los muros había aprendido el oficio de panadero, trabajaba en la oficina de asuntos judiciales y se entregó a la fe evangelista. Con los carceleros tenía un trato afectuoso y también con los presos, quienes lo bautizaron con un simpático mote: “el Nazi”.

“Es porque mi porte se parece al de un soldado alemán”, explicó, con un dejo de orgullo, ese muchacho petiso y cejijunto. Pero sin admitir que alguna vez había integrado un grupo de skinheads que solía moverse en la zona norte.

Edgardo Aló, el padre de Carolina, lucha para mantener presente el recuerdo de su hija.

También aseguraba que la cárcel lo hizo más reflexivo. Tal cualidad la reconoció no sin forzar una expresión serena.

El tipo parecía tener cierta cintura mediática. Hasta sugería ángulos para la cámara, mientras acariciaba un rosario de plástico.

La lectura y el intercambio epistolar alimentaban el resto de sus horas. En la celda que compartía con otros tres internos resaltaba una pila de cartas enviadas por Viviana Palabicino, su novia de entonces.

El romance entre ellos tuvo un origen televisivo. Ella lo había visto en la pantalla de un noticiero a poco de su detención y, al parecer, su mirada le causó ternura. Luego comenzó a enviarle cartas a la prisión y, finalmente, fue a visitarlo. Así nació el amor. Desde entonces habían pasado seis años.

El asesino de Carolina Aló describió su relación con Viviana de manera muy sintética: “Ella tuvo problemas de pareja, se sentía identificada conmigo, y cuando nos vimos por primera vez, nos besamos. Pensamos casarnos para tener una gran familia”.
Aquella mujer también era evangelista, acababa de cumplir 34 años y tenía dos pequeños hijos de su matrimonio anterior.

Lo cierto es que la mirada de Tablado se enturbiaba al tocar este tema. Porque no le causaba beneplácito que su novia recibiera dinero del ex marido en concepto de cuota alimentaria. Tal desavenencia tuvo ribetes judiciales.

En 2001 ella lo denunció por amenazas de muerte. Aquellas macabras advertencias figuran en cartas en las que Tablado revela su animosidad hacia el padre de los niños: “A ese le mando plomo y lo ajusticio mañana mismo”. Y a ella le aconseja: “Cuidate la espalda porque soy celoso y traicionero”.

Pero ese expediente terminó archivado porque ella retiró la denuncia. Y minimizó el conflicto, diciendo: “Todo pasó por un despecho mío”.

A continuación disipó otra inquietud: “A Fabián no le tengo miedo. Si hasta hemos comido juntos usando cuchillos. Y nos han cargado por eso”.

En tanto, Tablado reconoció que muchas veces soñaba con Carolina. Y que se despertaba angustiado. Y que rezaba por ella: “Siempre le pido a Dios que me la cuide”. Pero al evocarla se le filtraba un dejo de reproche: “No es que extrañe ese noviazgo. Ella tomó una decisión y nuestro amor se rompió. Pero sí extraño verla con vida”.

A la vez, imaginaba para sí un futuro venturoso junto a Viviana y los hijos que planeaban concebir. De acuerdo a su parecer, el control que decía tener sobre sus impulsos lo preservaría de repetir su sangrienta historia.

Antes de volver a su celda, se permitió una reflexión: “Lo mío fue muy insólito. Si todas las historia de pareja terminaran así, no habría más lugar en las cárceles”. Entonces esbozó una sonrisa triste.

A partir de entonces, y por un lapso prolongado, el periodismo se olvido de él. No se sabía sobre su traslado a la cárcel de Magdalena. Ni de su ruptura con Viviana. Hasta que alguien filtró una inquietante novedad: el asesino de las 113 puñaladas se había vuelto a enamorar.

Tal sentimiento esta vez lo llevó al altar. En 2007 la prensa informó su boda con Roxana Villarejo, una maestra que había sido su vecina. Ella tenía 18 años cuando –a fines de 2003– empezó a cartearse con Fabián. Luego hubo un sinfín de visitas. El casamiento se celebró en la cárcel, con 50 invitados. Y a los dos años la pareja procreó mellizas.

Al parecer, Tablado reunía todas las condiciones para ser favorecido por la “hibristofilia”, tal como denominan los especialistas en conducta humana al trastorno que consiste en sentir atracción por personas peligrosas; en especial, cuando están privadas de su libertad. Vaya uno a saber.

Por aquella época Fabián obtuvo el beneficio de salidas transitorias para convivir con su familia en una casita alquilada en Escobar. Todo indicaba que en poco tiempo obtendría la libertad condicional.

Pero, de pronto, ese vínculo se desplomó como un castillo de naipes.

Tras una seguidilla de episodios violentos, Roxana decidió separarse de Fabian. Fue el inicio de una lluvia de amenazas telefónicas y epistolares que derivó en una denuncia penal y en otra condena, a fines de 2013, de dos años y medio de prisión. La sentencia se sumó a la que ya pesaba sobre él.

En el expediente quedaron registradas todas las amenazas recibidas por Roxana. Por caso, fiel a su estilo, el 20 de abril de 2012 él la llamó para decir: “Si no volvés conmigo yo tengo muchos contactos, Roxana. Yo me voy a reír de vos en la concha del mundo. Si no volvés conmigo te juro por Dios que el único pensamiento que vas a tener voy a ser yo. Estás en el horno, te estoy dando la posibilidad de que vuelvas. En serio te digo”.

Las mellizas ahora tienen 12 años.

–Quiero abrazar a mis hijas pero no voy a poder –le confió por teléfono a quien esto escribe, tras su excarcelación de 2020.

Aludía a una perimetral de 300 metros dictada por una jueza de familia para impedir su revinculación con las niñas. También había una restricción que le prohibía aproximarse al domicilio de Edgardo Aló.

Pero al transgredir ambas disposiciones, Tablado fue a parar otra vez a la sombra.

En la Unidad 42 repitió un patrón de conducta penal que había cultivado fervorosamente durante su cautiverio anterior: el profuso intercambio epistolar con mujeres que le escribían. Otra vez en su celda había una pila de cartas.

Pero su corazón ya tenía dueña: una muchacha cordobesa a la que, justo antes de su arresto, había enganchado por Facebook.

De manera que la versión de su ida hacia Córdoba tenía asidero. Télam pudo confirmar que el femicida se encuentra actualmente en la ciudad de Bell Ville, a 200 kilómetros de la capital provincial. Vive allí con su nueva amada en el hogar de sus no menos flamantes suegros.

Una historia con final abierto.

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