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A 43 años de la Noche de los Lápices, el sueño de una sociedad distinta continúa

Uno de los episodios más tristes y sangrientos de la historia Argentina, es reivindicada cada 16 de septiembre como el Día de los Derechos de los Estudiantes Secundarios, pero la lucha que reivindicaban aquellos jóvenes no era sectorial, sino que apuntaba a una sociedad más justa para todos, de allí, el papel fundamental de los jóvenes en la transformación de la realidad.

En 1976, jóvenes simpatizantes y militantes de la Unión de Estudiantes de La Plata (UES de La Plata) participaban en marchas pacíficas para exigir el Boleto Estudiantil Secundario, el cual consistía en un subsidio de transporte para los estudiantes. La reivindicación de su derecho tuvo como respuesta el secuestro de los adolescentes por parte de militares. 

El 16 de septiembre, diez jóvenes de entre 16 y 18 años, fueron sustraídos de sus domicilios mientras dormían y llevados a centros clandestinos donde fueron torturados, entre ellos: María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Claudio De Acha, María Clara Ciocchini, Daniel Racero, y Horacio Ungaro, que permanecen desaparecidos, mientras que Pablo Díaz, Gustavo Callotti, Patricia Miranda y Emilce Moler, sobrevivieron a este episodio.

Ante la pregunta a una de las sobrevivientes del motivo de la lucha en aquellos años, Emilce Moler contestó: «para que no hubiera más pobres». En sus palabras se resume el proyecto de una sociedad distinta con justicia en todos los órdenes, no sólo para la comunidad estudiantil. 

Hoy en día la lucha continúa, tanto estudiantes de secundaria como universitarios se han unido al reclamo nacional de declarar la Emergencia Alimentaria, a causa del plan económico impuesto por el actual ejecutivo que disparó la pobreza e indigencia a niveles récord en tan corto período.

En este contexto apremiante para el pueblo argentino, recordamos y homenajeamos a la generación de la noche de los lápices, 43 años después.

UNA LLAMA EN NUESTRA MEMORIA

* Por Gustavo Calotti, sobreviviente de la Noche de los Lápices para la Revista La Garganta Poderosa

Hace algunos días me preguntaron por un recuerdo de aquella madrugada, hace exactamente 43 años, en la Noche de los Lápices. A mí me llevaron desde la oficina donde trabajaba el 8 de septiembre. Imaginaba, en mi estrechez propia de los 17 años y a pesar de la militancia, que iba a ser una cosa rápida, que me iban a matar y ya. No me esperé jamás semejante tortura, tanta crueldad y tanta perversidad imborrable. Es un dolor interminable, una agonía, porque después de la sesión de golpes te vienen a buscar de nuevo, y ya sabés que lo van a hacer una y otra vez; eso era lo más horrible.

Recuerdo a cada una y cada uno de mis compañeros con mucho cariño, pues la memoria es un músculo que sin ejercicio se atrofia. De los diez estudiantes secuestrados el 16 de septiembre, así como algunos días anteriores y posteriores, sobrevivimos cuatro. Y los 6 desaparecidos quedaron congelados en el tiempo: jovencitos. A veces pienso que eran los mejores, que por eso no están con nosotros. Juntos soñábamos hacer la revolución, sentíamos muy cerquita la experiencia cubana. Buscábamos una sociedad sin explotadores ni explotados; un país donde no sufriéramos lo que hoy tanto nos lastima: una miseria total, pibes durmiendo en las calles, cierres de fábricas, una Argentina tremendamente endeudada y los Derechos Humanos vulnerados, porque la única respuesta que este gobierno le ofrece al pueblo es la violencia.

Creo profundamente que la liberación está en la educación y en el espíritu crítico, y es por eso que la Noche de los Lápices debe permanecer en nuestra memoria como una llamita. Siempre encendida, presente, en la condena a los genocidas impunes para que no se repita. No puede avanzar la sociedad si la memoria se muere, ni si las y los jóvenes se desentienden de la política como la herramienta para cambiar la realidad. Hay que abocarse en cuerpo y alma a ello, dejando lo material de lado para cambiar el país y el mundo. ¡Eso es hacer política!

Puedo sonar utópico porque todavía tengo sueños.

Y sólo espero que la juventud siga creyendo, porque sí, las utopías son realizables.

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